En 1801 rodeó su casa de Newburyport de próceres de madera a los que cambiaba el nombre a brochazos. De todos ellos solo sobrevive William Pitt…
Imagina doblar una esquina y toparte con Napoleón, Luis XVI y la diosa de la Fama mirándote desde unas columnas. Eso se veía frente a una casa de Newburyport (Massachusetts) hace dos siglos, por capricho de un vecino.
Hacia 1801, el comerciante estadounidense Timothy Dexter alineó en el jardín de su mansión de Newburyport unas cuarenta estatuas de madera de personajes célebres, talladas por el tallista de barcos Joseph Wilson. Un huracán derribó la mayoría en 1815 y hoy solo se conserva entera una: la de William Pitt.
¿Quién era Timothy Dexter y cómo se hizo rico?
Dexter (1747-1806) se autoproclamó lord y contó que hizo su fortuna con operaciones que sonaban a disparate. La más repetida: un cargamento de calentadores de cama enviado a las Antillas, que el capitán revendió allí como cucharones para los ingenios azucareros.

Conviene no darlo por bueno. En 1886, el investigador William Cleaves Todd repasó los libros de la aduana de Newburyport y no halló rastro de aquellas operaciones. Su conclusión: las historias salían del propio Dexter, que en vez del bobo con suerte era un tipo riéndose de la ciudad.
Documentado sí está su libro: en 1802 publicó A Pickle for the Knowing Ones, escrito prácticamente sin puntuación. Ante las quejas, en la segunda edición añadió una página entera de comas y puntos para que cada lector los repartiera a gusto.
¿Por qué las estatuas cambiaban de nombre?
Wilson talló figuras para las columnas y para un arco sobre la puerta, con Washington, Adams y Jefferson. Cuatro leones guardaban la entrada. El resto era un desfile: Luis XVI, un jefe indio, la diosa de la Fama, Nelson, Bonaparte y el propio Dexter, con dos pedestales. Massachusetts da vecinos así: allí están las rocas talladas de un bosque y una casa hecha con periódicos.
Y las identidades no eran fijas: cuando le apetecía, mandaba repintar la figura y el personaje pasaba a ser otro. Reciclar esculturas es viejo —el arco de Constantino se montó con piezas ajenas—, pero a brochazos no. Samuel Adams Drake lo contó así:
El general Morgan de ayer era hoy Bonaparte, a quien Dexter siempre pagaba la cortesía de llevarse la mano al sombrero cuando pasaba bajo la sombra del gran corso.
Su propia estatua llevaba esta inscripción: «Soy el primero en el Este, el primero en el Oeste y el mayor filósofo del mundo conocido». Otras fuentes rematan «del mundo occidental».
¿Dónde está la estatua que queda?
Dexter murió en 1806 y al año siguiente la finca salió a subasta, pero las figuras aguantaron. Con ellas acabó el Gran Vendaval de septiembre de 1815, el huracán que barrió Nueva Inglaterra: unas se vendieron y otras terminaron como leña.
Según el Daily News of Newburyport, la de Pitt reapareció en 1880 y en 1944, cuando la compró la coleccionista de arte popular Edna Little Greenwood. En 1951 la donó al Smithsonian hecha un desastre: podrida, comida por hormigas carpinteras y rellena de hormigón.
Restaurada, pasó décadas expuesta en Washington. Desde 1994 estaba prestada al Museum of Old Newbury, en la ciudad donde la tallaron, y en enero de 2025 el Smithsonian le traspasó la propiedad. De las demás solo quedan fragmentos: un par de brazos en la sociedad histórica local. Tras dos siglos de tumbos y una barriga de hormigón, la superviviente se queda en casa.
Vía Atlas Obscura. Datos: Daily News of Newburyport, HEALD (National Gallery of Art), Drake, Todd (1886), History of Massachusetts y Britannica (1911). Portada: litografía de John H. Bufford, dominio público vía Wikimedia Commons.




