Dejó Lima por el desierto de Ica y le salió un bosque con llamas

Seis llamas descansan sobre el suelo seco y arenoso del fundo Samaca, en el desierto de Ica, con árboles y arbustos verdes al fondo
Llamas en el fundo Samaca, en el desierto de Ica (Perú). Foto: Samaca (samaca.pe)
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En 1995, el filósofo y poeta peruano Alberto Benavides Ganoza dejó su casa de Lima y se instaló en un trozo de arena del valle de Samaca, en el desierto de la región de Ica. No llegó con maquinaria pesada ni con sacos de fertilizante químico: llegó con huarangos. Tres décadas después, aquel secarral es un fundo agrícola con olivos, algodón, pecanas, colmenas y una manada de llamas.

Y aquí va el matiz que se está perdiendo por el camino, porque medio internet lo cuenta mal: las llamas no plantaron el bosque. Llegaron en 2010, quince años más tarde, cuando el trabajo sucio ya lo habían hecho los árboles.

¿Cómo se planta un bosque en un desierto donde no llueve?

La pieza clave se llama huarango, un árbol nativo de la costa peruana con una raíz de una tozudez admirable: baja hasta las capas húmedas del subsuelo y encuentra agua donde, en teoría, no la hay. Benavides empezó levantando cercos vivos de huarango.

A partir de ahí, efecto dominó. Las raíces sujetan la arena, la copa frena el viento y la sombra crea un microclima en el que otras especies —molles, olivos, palmeras datileras— ya sí consiguen agarrar. Es la misma lógica de reforestar con ayuda biológica en lugar de a base de fuerza bruta, y explica por qué en estos suelos imposibles hay plantas que aguantan milenios.

Vista del valle de Samaca en 1995: colinas de arena y terreno árido con una estrecha franja de vegetación verde y algunas casas bajas
El valle de Samaca en 1995, cuando Benavides se instaló allí. Foto: Samaca
El mismo valle de Samaca en 2024: una franja densa de árboles verdes recorre el fondo del valle rodeada de colinas de arena y montañas desérticas
El mismo valle, casi tres décadas después. Foto: Samaca

¿Qué pintan unas llamas en la costa de Perú?

La llama es un animal de sierra que, según cuenta el propio fundo, había desaparecido de la costa peruana. Por eso la idea de criarlas casi a nivel del mar sonaba, como poco, extravagante. En 2010 llegaron a Samaca cuatro llamas traídas desde Lircay, en la sierra de Huancavelica.

Hoy la manada supera el medio centenar, siempre según cifras de la finca, que se presenta además como el único punto de la costa de Perú donde se crían estos camélidos. Su papel no es decorativo, pero tampoco heroico: allí cuentan que el estiércol se aprovecha como abono y que la lana se teje en sus telares. Los árboles pusieron la estructura; las llamas, el ciclo de nutrientes y unos jerséis.

¿Qué son las 6.349 hectáreas que protege Serfor?

En abril de 2024, el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre de Perú (Serfor) otorgó a la Sociedad Agrícola Samaca una concesión de conservación de 6.349 hectáreas en los distritos de Ocucaje y Santiago, por treinta años. Fue la primera concesión para conservación —una figura legal muy concreta— que se daba en la costa peruana, aunque no la primera zona costera protegida del país.

Y ojo, que ahí no hay bosque plantado: son las Lomas y Tillandsiales de Amara y Ullujalla. Las tillandsias viven prácticamente de la niebla del Pacífico, en una franja donde casi nunca llueve. Suena a truco de magia, pero es la misma clase de ingenio con el que se sobrevive en pleno desierto desde hace siglos.

Entre medias, la finca produce pallares, aceite de oliva y miel de unas ochenta colmenas. Un filósofo, un árbol testarudo y cuatro llamas que llegaron con quince años de retraso. Al lado, germinar una semilla de 2.000 años casi parece lo fácil.

Vía Gizmodo en Español, con datos de Agroperú, Mongabay y Samaca.