El ingenio persa que enfría casas sin gastar un solo vatio

Yakhchal persa: cúpula de barro que fabricaba y guardaba hielo en pleno desierto sin electricidad
Yakhchal en la provincia de Yazd (Irán), una nevera de barro del desierto. Foto: Pastaitaken, CC BY-SA 3.0.
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Imagina plantarte en pleno desierto iraní, con el termómetro pasando de los 40 ºC, y encontrar hielo. No dentro de una nevera enchufada, sino en un edificio de barro levantado hace siglos. Los persas llevan más de dos mil años refrescando sus casas —y hasta fabricando hielo— sin gastar un solo vatio, y su truco todavía deja en ridículo a más de un aire acondicionado.

La torre que caza el viento

El protagonista es el bâdgir, o captador de viento: una torre hueca que sobresale del tejado y que se ve por todas partes en Yazd, la ciudad iraní conocida precisamente como la ciudad de los captadores de viento. Su funcionamiento es pura física, sin una sola pieza móvil.

Las aberturas de lo alto atrapan la brisa que corre a varios metros del suelo y la canalizan hacia el interior. Y cuando no sopla nada, la torre trabaja igual: el aire caliente sube y escapa por arriba, generando una succión que arrastra aire más fresco desde abajo, a menudo después de rozar depósitos de agua. Es el mismo tipo de ingenio sin enchufe que resolvía problemas mucho antes de la electricidad.

Depósito de agua en Yazd con tres captadores de viento o badgir que refrescan el interior sin gastar energía
Depósito de agua con captadores de viento en Yazd (Irán). Foto: Diego Delso, CC BY-SA 4.0.

Uno de estos captadores, en el jardín de Dowlatabad de Yazd, ronda los 33 metros: de los más altos que existen.

Neveras de barro en el desierto

La otra joya es el yakhchal, una enorme cúpula de adobe que hacía de nevera antes de que existieran las neveras. Sus paredes, levantadas con un mortero especial llamado sarooj —arcilla, cal, ceniza, clara de huevo y hasta pelo de cabra—, aislaban tan bien que el hielo aguantaba el verano bajo tierra.

El agua llegaba por los qanat, kilométricos canales subterráneos que traían el frescor desde acuíferos lejanos. En las gélidas noches de invierno se congelaba en balsas poco profundas y se almacenaba en la penumbra del yakhchal para tomar algo fresco en pleno agosto.

Una lección de hace más de dos mil años

Lejos de ser una antigualla, la idea vuelve a interesar por pura necesidad. La refrigeración ya se lleva en torno al 10% de la electricidad mundial —casi una quinta parte de toda la que gastan los edificios, según la Agencia Internacional de la Energía—, y la cifra no para de subir mientras el planeta se calienta. No es casualidad que muchos arquitectos estén recuperando los captadores de viento en edificios nuevos, mientras otros ensayan métodos más marcianos para combatir el calor.

Puede que la mejor respuesta a los veranos imposibles llevara inventada un par de milenios. Ya le pasó al navarro que patentó la máquina de vapor antes que los ingleses: a veces el futuro ya estaba escrito, solo que en un idioma que dejamos de leer.

Vía Xataka Magnet.