En Almaty, una escultura de bronce reproduce el rescate viral de 2016 y deja una mano suelta al aire para que cualquiera cierre la cadena humana…
En Almaty, la mayor ciudad de Kazajistán, hay una escultura de bronce a la que le falta una persona. Cuatro figuras humanas agarradas unas a otras bajan por el talud de hormigón de un canal para sacar del agua a un perro —también de bronce—, y la de más arriba deja la mano al aire, por encima de la barandilla, sin sujetarse a nada. Está esperando a que se la cojas tú.
La instalación se llama «Единство» («Unidad», Unity en su versión inglesa) y no conmemora ninguna batalla ni ningún prócer: recuerda un rescate improvisado que ocurrió en ese mismo punto en 2016 y que dio la vuelta al mundo en vídeo.
¿Qué pasó en el canal de Almaty en 2016?
En junio de 2016, un perro cayó al cauce canalizado del río Bolshaya Almatinka, a su entrada en el embalse de Sayrán. Las paredes de ese canal son de hormigón, están inclinadas y resbalan, y el agua baja con fuerza: por su cuenta el animal no salía. Un hombre —su dueño, según varias crónicas— bajó a por él y acabó igual de atrapado.
Entonces llegó la solución más analógica posible. Varios transeúntes se fueron agarrando unos a otros hasta formar una cadena humana que llegaba hasta el agua, y así sacaron al perro y al hombre. Alguien lo grabó con el móvil y el vídeo terminó en televisiones y portadas de medio mundo, con millones de reproducciones.
Los perros llevan décadas protagonizando historias así —de Lampo, que viajaba solo en tren, a Chong, que reapareció a 1.000 kilómetros de casa—, pero pocas acaban fundidas en bronce.
¿Por qué la última figura deja la mano suelta?
Casi diez años después, en marzo de 2026, la escena volvió al canal convertida en escultura, en el mismo lugar donde sucedió. La firma el artista kazajo Yerbosyn Meldibekov, a partir de una idea de la agencia Progression, y la pagó el banco ForteBank con el visto bueno del departamento municipal de espacios públicos de Almaty: ni un tenge del contribuyente.
El detalle que la levanta por encima de la estatua decorativa está arriba del todo: la mano de la última figura sobresale de la barandilla, a la altura de cualquiera que pase por el paseo. Quien quiera, la agarra y cierra la cadena. La obra está pensada para quedarse incompleta hasta que alguien decide echar una mano, literalmente.

El arte público suele pedir distancia y cordón de seguridad; este pide justo lo contrario. No es la primera obra que se completa con el visitante: en Róterdam, un museo cubrió su suelo con 360 kilos de crema de cacahuete para que se viviera desde dentro.
Lo mejor del asunto es a quién se le levanta el monumento: no a un héroe con nombre y apellidos, sino a un puñado de desconocidos que aquel día podrían haber seguido su camino y no lo hicieron. El hueco que dejaron, de momento, sigue libre.
Vía Atlas Obscura, con datos de The Times of Central Asia, Kursiv, adobo Magazine e Informburo.




