El oso polar de la Torre de Londres pescaba en el Támesis

En 1252 Noruega le regaló un oso blanco a Enrique III y la ciudad de Londres tuvo que pagarle la comida. Al rey se le ocurrió una salida barata…

0
0

En 1252 Noruega le regaló un oso blanco a Enrique III y la ciudad de Londres tuvo que pagarle la comida. Al rey se le ocurrió una salida barata…

Corre el año 1252 y los sheriffs de Londres, los alguaciles de la ciudad, reciben una orden incómoda: a partir de ya, la ciudad paga cada día la comida de un oso blanco. Vivo. Con su cuidador noruego incluido. Y sin escaqueo posible, porque el oso es del rey.

En 1252 el rey Haakon IV de Noruega regaló al rey Enrique III de Inglaterra un oso blanco, muy probablemente un oso polar, que acabó viviendo en la casa de fieras de la Torre de Londres y bajando al río Támesis a pescarse la cena atado a una cuerda. No es una leyenda de guía turístico: está en los registros de la época.

¿Quién pagaba el oso polar del rey de Inglaterra?

Enrique III tenía una afición cara. La Torre de Londres ya funcionaba como casa de fieras real, leones incluidos, cuando apareció el oso, y el monarca hizo con la factura lo que haría cualquiera: pasársela a otro.

Ese otro fue la ciudad de Londres. Los sheriffs recibieron la orden de costear el mantenimiento diario del animal y, de propina, los gastos del cuidador que había llegado con él desde Noruega. Un oso polar convertido en partida fija del presupuesto municipal.

¿Por qué el oso bajaba a pescar al Támesis?

Aquí llega la parte buena. El 30 de octubre de 1253 se dictó una orden para equipar al animal y poder sacarlo del recinto: un bozal y una cadena de hierro con los que sujetarlo en tierra y, además, esto.

«… una cuerda larga y resistente para sujetar a ese mismo oso mientras pesca o se lava en el Támesis».

Traducido: el oso salía de la Torre, se metía en el río sujeto como un perro con correa extralarga y se pescaba su propia comida. Ahorro presupuestario de manual y, de paso, el mejor espectáculo gratuito de una ciudad que lleva siglos coleccionando rarezas que nadie sabe explicar del todo.

Vista aérea de la Torre de Londres con el río Támesis discurriendo justo delante de sus murallas
La Torre, con el Támesis pegado a la muralla: el oso no tenía que caminar mucho hasta su pesquería. Foto: [Duncan], CC BY 2.0.

¿Era de verdad un oso polar?

En Gran Bretaña, a los osos polares se les llamaba sin más «osos blancos»; en inglés, el término polar bear no se documenta hasta finales del siglo XVIII. De ahí el nombre que aparece en los papeles. Que fuese blanco y llegara de Noruega apunta con fuerza a un oso polar, aunque su identidad exacta no es segura y no se conserva registro de su nombre ni de qué fue de él. Ocho siglos después la cosa ha cambiado tanto que en Svalbard despertar a un oso polar con la bocina sale por una multa de cinco cifras.

La casa de fieras de la Torre sobrevivió siglos y cerró en la década de 1830: sus inquilinos se mudaron al zoo de Regent’s Park. La fortaleza siguió a lo suyo hasta el punto de que, ya en el siglo XXI, tuvo que cerrar por un lanzamiento de tartas.

Del oso queda algo mejor. En el recinto hay plantado desde 2011 un oso polar de malla de alambre galvanizado, con la cadena atada a la pata: es obra de la escultora británica Kendra Haste, que repartió trece animales por la Torre para contar quién vivió allí. El único, por fin, al que nadie tiene que darle de comer.

Vía Mental Floss, Wikipedia, British History Online, History Hit y Futility Closet.

Foto de portada: escultura de Kendra Haste fotografiada por [Duncan], CC BY 2.0.