Buenas comidas, billar y paseos por el parque. Los generales alemanes presos en Trent Park no sospechaban que hasta los bancos llevaban micrófono…
En una mansión de ladrillo al norte de Londres, los generales alemanes prisioneros jugaban al billar, paseaban por el jardín y hablaban de sus cosas con una tranquilidad absoluta. En eso consistía exactamente el plan.
Trent Park, una casa señorial de Enfield, junto a Cockfosters, sirvió durante la Segunda Guerra Mundial como prisión de lujo para altos mandos alemanes, con micrófonos ocultos en los salones, las macetas, la mesa de billar y los bancos del jardín. El interrogatorio clásico pasó a segundo plano: lo que de verdad funcionaba era escucharles charlar.
¿Por qué trataban tan bien a los prisioneros?
La finca era de Sir Philip Sassoon, heredero de dos fortunas bancarias y anfitrión de medio Londres elegante: por sus salones pasaron Winston Churchill y Charlie Chaplin. Sassoon murió en junio de 1939 y, con la guerra recién empezada, el Gobierno británico requisó la casa.
El oficial de inteligencia Thomas Kendrick vio allí algo mejor que una sala de interrogatorios. Así que a los prisioneros se los trató como a caballeros: buenas comidas, paseos por el parque y alguna salida supervisada a Londres.

¿Dónde estaban escondidos los micrófonos?
En todas partes: paredes, rodapiés, lámparas, macetas, alféizares, la mesa de billar y hasta los bancos del jardín. Los cables bajaban a unas salas del sótano donde trabajaban por turnos los secret listeners, en su mayoría refugiados judíos de habla alemana que habían huido del nazismo y entendían cada matiz y cada chiste privado. Se registraron así miles de conversaciones.
Lo más valioso no salió de un interrogatorio, sino de una sobremesa.
El Reino Unido de la guerra está lleno de trastiendas así, como la paloma mensajera cuyo código sigue sin descifrarse.
¿Quién era Lord Aberfeldy?
El detalle más redondo de la operación. Para ganarse a los prisioneros, la inteligencia británica se inventó a Lord Aberfeldy, un aristócrata escocés que se presentaba como pariente del rey Jorge VI y ejercía de solícito encargado de su bienestar: los adulaba, los acompañaba y les hacía recados en Londres. No existía. Era un oficial llamado Ian Munro interpretando un papel, un montaje tan concienzudo como el reality que fingió mandar a sus concursantes al espacio. Y funcionó.
¿Qué secreto se les escapó?
El gordo. En marzo de 1943, dos generales charlando entre ellos dejaron caer detalles del programa de cohetes que Alemania desarrollaba en Peenemünde, en la costa del Báltico: el V-2, el primer misil balístico de largo alcance de la historia. Fue uno de los hilos que llevaron a los Aliados hasta allí: Peenemünde acabó bombardeado en agosto de 1943 y el programa se retrasó, aunque cuánto se sigue discutiendo. Espionaje de guante blanco, como la noche en que la CIA desmontó una sonda soviética.

La historia no se desclasificó hasta finales de los noventa. Desde el 21 de julio de 2026 la casa es un museo, Trent Park House of Secrets, con las dos vidas del edificio: los salones de Sassoon arriba y, debajo, las salas donde alguien tomaba notas. Según el museo, allí llegaron a estar 59 generales alemanes; otros recuentos elevan la cifra hasta 84 entre 1942 y 1945.
Ellos creyeron que la guerra les había dado la mejor prisión de Europa. En lo de la prisión no se equivocaban.
Vía Xataka Magnet, Smithsonian Magazine, Trent Park House of Secrets, HistoryNet, The M Room y The Spectator.
Foto de portada: Philafrenzy, CC BY-SA 4.0.




