En 1982 un vecino de Surrey encontró en su chimenea el esqueleto de una paloma con una cápsula roja: 27 grupos de letras que el GCHQ no logra leer…
En 1982, David Martin reformaba la chimenea de su casa en Bletchingley, un pueblo del condado inglés de Surrey, cuando entre los escombros apareció el esqueleto de una paloma. Atada a una pata llevaba una pequeña cápsula roja. Dentro, un papel manuscrito encabezado «Pigeon Service» con 27 grupos de cinco letras.
Más de cuatro décadas después, ese mensaje de la Segunda Guerra Mundial sigue sin descifrar. El GCHQ, el servicio británico de inteligencia de señales —la misma organización que durante la guerra trabajó desde Bletchley Park—, dio el caso por imposible en 2012: no se puede leer sin el material criptográfico original. Y ese material no aparece.
¿Qué llevaba exactamente la paloma en la pata?
El papel no tiene fecha. El destinatario figura como «X02» y nadie sabe a qué unidad correspondía. La firma parece leerse «Sjt W Stot» —así se abreviaba entonces sargento en el Ejército británico— y en el propio mensaje aparecen dos posibles números de anilla, NURP.40.TW.194 y NURP.37.OK.76, sin que esté claro cuál era el de este animal.
Falta, en resumen, el contexto: quién escribía, desde dónde y para quién. Justo lo que hace legible un código.

¿Por qué el GCHQ no consigue descifrarlo?
Porque aquello no era un juego de ingenio, era un libro. Quien mandaba el parte trabajaba con libros de códigos en los que cada grupo de cuatro o cinco letras significaba algo dentro de una operación concreta. Y encima el texto podía ir cifrado otra vez con una libreta de un solo uso, un sistema irrompible si se usa bien.
Sin ese libro, los 27 grupos son ruido. El GCHQ ha seguido las soluciones que se publican —cientos, dice— y sus criptoanalistas las han examinado con detalle: hasta ahora ninguna ha resultado creíble. La CIA llegó a desmontar una sonda lunar soviética en una noche; aquí no hay astucia que valga.
«Sin acceso a los libros de códigos pertinentes y a los detalles de cualquier cifrado adicional empleado, seguirá siendo imposible descifrarlo» (GCHQ, 2012).
¿Alguien ha dicho que lo ha resuelto?
En diciembre de 2012, Gord Young, de Peterborough (Ontario, Canadá), aseguró haberlo descifrado en 17 minutos con un manual de códigos de la Primera Guerra Mundial heredado de un tío abuelo. Según su lectura, el papel era un informe sobre posiciones alemanas en Normandía firmado por un sargento llamado William Stott. Nadie ha podido corroborarlo, y el GCHQ no se movió del sitio: sin el material criptográfico original, mantuvo, las soluciones propuestas difícilmente serán correctas. Cada pocos años reaparece alguien con la clave definitiva. De momento, ninguna ha convencido.
¿Cuántas palomas hacían este trabajo?
Unas 250.000 fueron cedidas al servicio durante la Segunda Guerra Mundial, según el propio GCHQ, y las usaban las tres Fuerzas Armadas británicas y también la Dirección de Operaciones Especiales (SOE), el organismo de sabotaje y apoyo a las resistencias en territorio ocupado. No era un detalle pintoresco: de las 75 medallas Dickin que la organización veterinaria PDSA ha concedido desde 1943 —las llaman «la Cruz Victoria de los animales»—, 32 han ido a parar a palomas.
Aquella guerra dejó rarezas por todas partes, desde mensajes escondidos a plena vista hasta inventos nacidos por accidente. Pocas tan tozudas como esta.
Se ha especulado con que el ave volviera de la Francia ocupada durante el desembarco de Normandía, pero no hay manera de confirmarlo. Lo único seguro es que se metió en la chimenea equivocada. Más de ochenta años después, sigue ganando a los criptógrafos.
Vía GCHQ, The Register, Laughing Squid y PDSA.




