Mil voluntarios enterraron más de 2.000 calzoncillos de algodón por toda Suiza y los desenterraron dos meses después. Cuantos más agujeros, mejor…
Te apuntas por internet y te llega a casa un sobre con calzoncillos de algodón y bolsitas de té. Las instrucciones dicen que lo entierres todo en el jardín. No es una novatada: es un protocolo científico suizo, y ha acabado en una revista revisada por pares.
Alrededor de mil voluntarios enterraron más de 2.000 calzoncillos de algodón en unos mil puntos repartidos por Suiza y los desenterraron dos meses después. La regla era simple: cuanto más agujereada salía la prenda, más viva estaba la tierra que se la había comido.
¿Por qué un calzoncillo mide la salud de un suelo?
Porque el algodón es celulosa, y la celulosa es comida. Los hongos, las bacterias, las lombrices y los insectos que viven bajo tus pies se ganan el jornal descomponiendo materia vegetal. Si el suelo está biológicamente activo, se merienda la tela; si está agotado, la prenda sale casi como entró. Son las mismas bacterias que colonizan tu cepillo de dientes, pero aquí trabajando a favor de obra.
Que ahí abajo hay un ecosistema entero echando horas ya preocupaba a los tratados agrícolas romanos. Lo nuevo es poder medirlo barato y a lo grande.
¿Qué tenían que hacer los voluntarios?
El protocolo era idéntico para todos: enterrar la prenda, esperar dos meses, desenterrarla, fotografiarla, secarla y mandarla al laboratorio junto con una muestra de tierra del mismo punto. Con la ropa interior enterraron además 12.000 bolsitas de té, un método estándar que los ecólogos ya usaban para comparar velocidades de descomposición.
El proyecto, bautizado Beweisstück Unterhose, arrancó en 2021 y lo dirigen la Universidad de Zúrich y Agroscope, el centro federal suizo de investigación agraria. El truco no lo inventaron ellos: el Departamento de Agricultura de Estados Unidos lleva años retando a sus agricultores a enterrar calzoncillos al menos 60 días con la misma idea. Lo suizo es la escala: puro ingenio de andar por casa aplicado en serio.
¿Dónde está la tierra más viva de Suiza?
En los jardines particulares: ahí los calzoncillos se descompusieron más deprisa que en ningún otro sitio. Los campos de cultivo y los prados se quedaron en un término medio, y el césped fue el farolillo rojo. Por encima de cualquier otra variable, lo que más pesó fue el uso que se le daba a cada terreno.
Un suelo sano y biológicamente activo es crucial para la fertilidad, el ciclo de los nutrientes y muchos otros servicios ecosistémicos.
— Marcel van der Heijden, profesor de agroecología de la Universidad de Zúrich
Con una advertencia que conviene no saltarse: descomponer a toda velocidad no es lo ideal en todas partes. Franz Bender, investigador de Agroscope, señala que en hábitats poco alterados como los bosques un nivel de nutrientes muy alto puede indicar justo lo contrario, un desequilibrio. Y que en los jardines esa descomposición veloz también puede delatar un exceso de nutrientes.
Los resultados, con mapa de Suiza incluido, se publicaron a finales de agosto de 2026 en la revista Plants, People, Planet. Y hay un detalle que remata la historia: unos 240 de aquellos voluntarios figuran como coautores del estudio. Pocas carreras científicas han empezado con una pala y un calzoncillo.
Vía EurekAlert, el comunicado de la Universidad de Zúrich, Phys.org y Popular Science. El estudio completo, en Plants, People, Planet.




