
Durante décadas la explicación fue tan redonda como los propios cantos: los saurópodos, los dinosaurios de cuello imposible, se tragaban piedras para machacar en el estómago la montaña de vegetación que sus dientes no masticaban. Un molino gástrico gigante, igual que el de una gallina. Bonita teoría. Las cuentas, sin embargo, no salen.
Un gastrolito es una piedra que un animal traga a propósito y retiene en el aparato digestivo. Las aves herbívoras actuales llevan en la molleja alrededor del 1% de su peso corporal en piedras; en los saurópodos, las supuestas piedras estomacales se quedan muy por debajo del 0,1%. Con esa grava no se tritura nada.
¿Qué pasó cuando dieron piedras a unos avestruces?
La comprobación llegó en 2007. Oliver Wings y P. Martin Sander, del Instituto de Paleontología de la Universidad de Bonn, publicaron en Proceedings of the Royal Society B un trabajo cuyo título arrancaba sin rodeos: «No gastric mill in sauropod dinosaurs». Para llegar ahí habían dado de comer piedras a avestruces de granja y habían mirado después qué quedaba de ellas.
Lo que quedaba era lo contrario de lo esperado. Las piedras se desgastaban tan deprisa que no llegaban a pulirse: las superficies lisas salían rugosas y los cantos negros que habían entrado brillantes quedaban mates en un solo día. Una molleja de ave no es una pulidora, es una lija.
El detalle deja en mal lugar a más de una vitrina. Que un canto brille no prueba que haya pasado por una molleja, precisamente porque una molleja no fabrica ese brillo. Y el mercado de reliquias jurásicas da para todo, incluido un bolso de piel de T. rex.

¿Qué dinosaurios sí llevaban piedras dentro?
Los hay, y ahí las cifras encajan. En Caudipteryx, un pequeño terópodo emplumado de Liaoning (China), y en los ornitomimosaurios —los «dinosaurios avestruz», como Sinornithomimus— aparecen acumulaciones de piedrecitas en el abdomen en proporciones comparables a las de un ave actual. También se conocen en Psittacosaurus, ahí por su cuenta. La molleja con piedras existió entre los dinosaurios; lo que no cuadra es atribuírsela a los cuellilargos, que son justo los del dibujo del libro de texto. Revisar lo que ya estaba en el cajón es rutina en paleontología: a veces un cráneo guardado treinta años esconde una especie nueva.
¿Cómo digería entonces un animal de decenas de toneladas?
Por pura paciencia. Sin masticación y sin molino, los saurópodos habrían compensado alargando muchísimo el tiempo de retención del alimento: la comida se quedaba fermentando en un aparato digestivo descomunal, con los microorganismos haciendo el trabajo que los dientes no hacían. Ser enorme, para variar, jugaba a favor.
A los cantos les queda un último capítulo. En 2021, un equipo analizó los circones de unas cuarcitas rojas recogidas en la Formación Morrison, en Wyoming (Estados Unidos), y situó su origen a más de 1.000 kilómetros de allí, en lo que hoy es Wisconsin. Descartaron ríos y viento: el viaje solo se explica dentro de un dinosaurio. No todo el mundo lo compra: el propio Oliver Wings objetó que no hay pruebas de que esos cantos fueran gastrolitos y que la barriga de un saurópodo es solo una posibilidad entre varias. Catorce años después, el hombre seguía aguándoles la fiesta a las piedras.
Vía La Brújula Verde. Estudio de referencia en Proceedings of the Royal Society B.
