Hacia el 37 a.C., un tratado romano sobre granjas avisó de unas criaturas diminutas que el ojo no ve, flotan en el aire y entran por la boca…
Imagina que abres un manual de agricultura de hace dos mil años buscando consejos sobre abejas y establos y, a mitad del capítulo sobre dónde levantar el cortijo, te topas con una frase que parece de una clase de microbiología.
Hacia el año 37 a.C., el erudito romano Marco Terencio Varrón (116-27 a.C.) escribió un tratado agrícola, Res rusticae, que advierte de que en los pantanos se crían criaturas diminutas que el ojo no puede ver, flotan en el aire y entran en el cuerpo por la boca y la nariz causando enfermedades graves. Está escrito más de 1.700 años antes de que nadie llegara a ver una bacteria.
¿Qué dice exactamente el pasaje?
Está en el libro I, capítulo 12, y no es una reflexión médica: es un consejo inmobiliario. La obra es además un diálogo, así que la frase no sale de la boca de Varrón, sino de uno de sus personajes, el agrónomo Cneo Tremelio Escrofa, que explica dónde conviene levantar la casa de labor: al pie de una colina boscosa y expuesta a vientos sanos. Y entonces llega la advertencia sobre las marismas.
«Se crían ciertas criaturas diminutas que no pueden ser vistas por los ojos, que flotan en el aire y entran en el cuerpo por la boca y la nariz, y allí causan enfermedades graves».
En latín, animalia quaedam minuta, quae non possunt oculi consequi: «ciertos animales diminutos, que los ojos no pueden alcanzar». Aquella Roma nos ha dejado cosas menos solemnes, como el sarcófago usado de maceta durante dos siglos.
¿Por qué llama tanto la atención esa frase?
Porque en el siglo I a.C. no había forma de comprobarla. Hubo que esperar al neerlandés Antonie van Leeuwenhoek, que en octubre de 1676 mandó a la Royal Society de Londres una carta describiendo unos animalillos que se movían en el agua. La teoría microbiana no se asentó hasta el siglo XIX, con Louis Pasteur y Robert Koch. Entre el pasaje romano y esa carta pasaron unos diecisiete siglos.

¿Sabían los romanos que existían las bacterias?
Aquí conviene bajar el entusiasmo, porque no hay consenso. Hay quien lo considera la aproximación más cercana a la teoría microbiana que produjo la Antigüedad, y hay quien recuerda que sería exagerado ver ahí a un descubridor de los gérmenes: nadie podía observar un microbio, y la explicación dominante era el aire corrompido. La medicina funcionó con intuiciones así durante siglos, algunas peores, como la prueba que hacía sangrar al cadáver.
Lo que sí es verdad es que en los pantanos se cría algo pequeño y peligroso: los mosquitos de la malaria. Pero es un arreglo a posteriori, porque un mosquito se ve perfectamente y el texto habla de criaturas invisibles. Un siglo después, el agrónomo Columela seguía culpando al hedor de las marismas, aunque añadía que estas crían insectos «armados con aguijones molestos, que nos atacan en enjambres densos».
Alguien se sentó a explicar cómo montar una granja rentable y le salió, de refilón, una línea que hoy se cita en las historias de la microbiología. Sin haber visto jamás lo que describía.
Vía Amusing Planet. El pasaje y el personaje que lo pronuncia, en la traducción Loeb de LacusCurtius; el latín, en The Latin Library. Las fechas de la teoría microbiana, en el Royal College of Physicians of Edinburgh y Philosophical Transactions B; marismas y malaria, en Malaria Journal. Columela, en LacusCurtius.




