Aviones sin alas que sí volaron: el raro experimento de la NASA

Tres aviones sin alas de la NASA, los cuerpos sustentadores X-24A, M2-F3 y HL-10, alineados en el desierto de Edwards
Los cuerpos sustentadores X-24A, M2-F3 y HL-10 de la NASA. Foto: NASA/USAF (dominio público).
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Un avión sin alas suena a chiste, pero la NASA construyó varios y los hizo volar de verdad. Se llaman lifting bodies, o cuerpos sustentadores: aeronaves que generan la sustentación con la propia forma del fuselaje, sin alas a los lados. Entre los años 60 y 70, Estados Unidos los empleó para resolver un problemón: cómo lograr que una nave vuelva del espacio y aterrice como un avión, en vez de caer al mar colgada de un paracaídas.

¿Por qué construir un avión sin alas?

La idea nació en los años 50, cuando los ingenieros Harry Allen y Alfred Eggers, del Centro Ames (entonces el NACA, embrión de la NASA), dieron con algo contraintuitivo: un cuerpo romo y achatado aguanta mejor el calor infernal de la reentrada que una punta afilada. Si además esa forma generaba algo de sustentación, una cápsula podía dejar de caer como una piedra y planear hasta una pista. Solo faltaba comprobar si semejante trasto se podía pilotar.

¿De verdad lo remolcaban con un coche?

El primer prototipo, el M2-F1, era tan artesanal que se ganó el mote de «bañera voladora». Lo montó en 1963 el diseñador de planeadores Gus Briegleb, con una carcasa de contrachapado sobre un armazón de acero. Como no tenía motor, para coger velocidad lo remolcaba por el lecho seco del lago Rogers, en California, un Pontiac descapotable trucado lanzado a más de 170 km/h. Tan analógico como aquel navegador de coche de los años 30, y aun así fue el pistoletazo de salida.

El prototipo M2-F1 de la NASA, la bañera voladora, junto al Pontiac descapotable que lo remolcaba por el lecho seco del lago Rogers
El M2-F1, la «bañera voladora», y el Pontiac descapotable que lo remolcaba por el lago seco. Foto: NASA (dominio público).

¿Qué tienen que ver con El Hombre Nuclear?

Aquí llega el giro pop. El 10 de mayo de 1967, el piloto Bruce Peterson volaba el M2-F2 cuando la nave entró en una oscilación imposible de domar. Distraído por un helicóptero de rescate, tocó el lecho del lago antes de desplegar del todo el tren de aterrizaje y dio seis vueltas de campana. Peterson sobrevivió, aunque una infección posterior le costó la visión de un ojo.

Aquellas imágenes brutales abrieron la cabecera de El hombre de los seis millones de dólares —la serie que en Latinoamérica se tituló El Hombre Nuclear—, donde un astronauta malherido, Steve Austin (Lee Majors), era reconstruido con implantes biónicos. El accidente real de un avión sin alas se convirtió, sin pretenderlo, en una de las cabeceras más recordadas de la tele de los 70.

Un choque real en el desierto de California acabó siendo la escena que millones asociaron a la ciencia ficción.

¿Sirvió de algo tanto avión estrellado?

Y tanto. Aquellos cacharros —el HL-10, el X-24 y compañía— demostraron que una nave podía reentrar y aterrizar planeando en una pista, sin motor y con puntería. Esa lección viajó directa al transbordador espacial y sigue viva: el Dream Chaser de Sierra Space, un miniavión espacial que ya prepara viajes de carga a la Estación Espacial Internacional, es un cuerpo sustentador de manual, heredero de aquellas bañeras voladoras. Medio siglo después, los aviones sin alas siguen entrenándose para volver de la órbita.

Vía Today I Found Out y la NASA.