Scooter, una beagle de tres años de Brisbane (Australia), se zampó 1,1 kilos de gominolas de una sentada y terminó en un hospital veterinario de urgencias, donde le provocaron el vómito para vaciarle el estómago. Tranquilos: la historia tiene final feliz y la perra salió por su propio pie, algo más ligera y con una resaca de azúcar de campeonato.
Todo empezó cuando sus dueños se encontraron en casa una bolsa de jelly snakes —las clásicas serpientes de gominola australianas— sospechosamente vacía. No hizo falta ser detective: en el salón había dos beagles con cara de no haber roto un plato, Scooter y su hermana Jada.
¿Cuánto es 1,1 kilos de gominolas para un perro?
Un dineral de azúcar. Para hacernos una idea, esa cantidad da para más de un centenar de chuches, un atracón que ni el más goloso de los humanos firmaría sin arrepentirse. En urgencias ataron cabos rápido: al pesarla, Scooter dio bastante más de lo normal, así que apuntaba a ser la principal responsable del asalto. Su hermana Jada, en cambio, apenas había probado bocado.
Los veterinarios les indujeron el vómito a las dos por precaución. Scooter devolvió el alijo casi entero; Jada, poca cosa. Tras un rato en observación, ambas recibieron el alta con un parte de salud impecable y se marcharon a casa tan panchas.
¿Por qué es tan peligroso que un perro coma dulces?
Aquí está la parte que conviene grabarse. El gran enemigo escondido en muchas golosinas, chicles y postres «sin azúcar» es el xilitol, un edulcorante inofensivo para nosotros que en los perros puede desplomar el nivel de glucosa en sangre y dañar el hígado en cuestión de horas. Las gominolas de Scooter, por suerte, no llevaban xilitol.
Aun así, los veterinarios no se fiaron: 1,1 kilos de azúcar puro son un problema de por sí. Por eso, si tu perro asalta la despensa dulce, la recomendación es siempre la misma: llamar al veterinario y no esperar a ver qué pasa.
Scooter se une así a la larga lista de perros que se meten en líos por pura curiosidad, como el que viajaba solo en tren o el que reapareció a mil kilómetros de casa. Y no es la única con manías en las antípodas: por allí anda también una foca obsesionada con los conos de tráfico.
Moraleja para dueños: las chuches, en un armario alto y bien cerrado. Vía UPI y Animal Emergency Service Jindalee.

