El navegador GPS de los años 30 era un rollo de papel

Recreación del salpicadero de un coche de los años 30 con un navegador de mapa de papel en rollo conectado al velocímetro
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Imagina que conduces por una carretera italiana en 1932. No hay ninguna voz que te diga «gire a la derecha en 300 metros», pero sí un cacharro de madera y metal en el salpicadero por el que se desliza, solo, un mapa de papel. Cuando aceleras, el mapa corre. Cuando frenas, se para. Bienvenido al primer navegador de la historia del automóvil.

Se llamaba Iter Avto y lo ideó el Touring Club Italiano alrededor de 1930, más de medio siglo antes de que el GPS llegara a nuestras vidas. La idea era tan simple como genial: en lugar de pelearte con un mapa plegado a 60 por hora, el aparato lo hacía por ti.

El navegador Iter Avto montado en el salpicadero de un coche de los años 30, junto al cuadro de instrumentos
El Iter Avto, instalado junto al cuadro de instrumentos del coche. Foto: vía Neatorama / Tangible Media

Un GPS movido por el velocímetro

El truco estaba en un cable flexible que unía el dispositivo al velocímetro del coche. A medida que avanzabas, el rollo de papel —de unos diez centímetros de ancho y hasta dos metros de largo— se desenrollaba a la misma velocidad que el vehículo, así que tu posición siempre coincidía con la marca central de la pantalla.

Cada rollo cubría una ruta concreta, como la que unía Turín con Pinerolo, y con un detalle sorprendente: marcaba gasolineras, puentes, pasos a nivel, curvas, cambios de pendiente y puntos de interés. Para cambiar de trayecto, cambiabas de rollo, como quien mete un casete.

Rollo de papel del Iter Avto con la ruta Torino-Pinerolo desplegada junto a su caja original
El rollo con la ruta Turín-Pinerolo y la caja original del sistema. Foto: vía Neatorama / Tangible Media

El pequeño gran problema

Tenía un fallo de manual: el Iter Avto no sabía dónde estabas, solo cuánto habías avanzado. Si te saltabas una salida, cogías un desvío o parabas a estirar las piernas, el mapa seguía corriendo según el velocímetro y la posición dejaba de cuadrar. A partir de ahí, ibas tan perdido como con el mapa plegado de siempre.

No te decía por dónde ibas; solo cuánto habías rodado. Un detalle que, en cuanto te despistabas, lo mandaba todo al traste.

Aun con sus limitaciones, el invento se adelantó décadas a su tiempo. Hoy nos resulta entrañable al lado de los coches que se conducen solos y «adivinan» qué hacer en cada cruce, pero la lógica de fondo —seguir tu avance sobre un mapa— es la misma que llevas en el bolsillo. Como esos otros datos que suenan a invento pero son reales, el Iter Avto demuestra que el ingenio no esperó a los satélites.

La próxima vez que una voz te regañe por saltarte una rotonda, acuérdate del conductor italiano de 1930 que, para no perderse, dependía de un rollo de papel y un poco de fe. Vía Neatorama.