Una colonia entera voló en el Challenger para averiguar si las abejas saben hacer hexágonos cuando la gravedad deja de marcar dónde está el suelo…
El 6 de abril de 1984 la NASA metió unas 3.300 abejas melíferas y una reina en la cubierta media del transbordador espacial Challenger. La pregunta: ¿sabe una colonia levantar un panal cuando la gravedad deja de indicarle dónde está abajo? Casi siete días después, las abejas habían construido en órbita unos 200 centímetros cuadrados de panal hexagonal. O sea, que sí.
¿Cómo acabaron 3.300 abejas dentro del Challenger?
La idea no salió de ningún laboratorio de la agencia. La propuso Dan Poskevich, que era estudiante de instituto en Waverly (Tennessee) cuando mandó el experimento al programa de participación estudiantil del transbordador. La empresa Honeywell lo patrocinó y fabricó el Bee Enclosure Module: una caja de aluminio con la tapa transparente para poder mirar dentro.
El vuelo era el STS-41-C, la misión que se recuerda por la primera captura y reparación de un satélite en órbita —el Solar Max— y por el despliegue de la plataforma de experimentos LDEF. Mientras tanto, la colonia viajaba en un armario de la cubierta media. La NASA ha volado cosas bastante más raras, incluidos aviones sin alas, pero pocas tan vivas. En tierra se quedó una segunda caja idéntica, con su colonia, como grupo de control.
¿Se puede construir un panal sin saber dónde está el suelo?
Al principio la cosa fue torpe: sin un abajo de referencia, las abejas chocaban contra las paredes de la cámara. Para el final del vuelo ya volaban de forma dirigida y esquivaban los tabiques. Perder el peso desconcierta a cualquiera: hay quien lo gestiona con media hora de yoga en ingravidez antes de dormir, y un estudio llegó a comparar con la microgravedad la forma en que los hipopótamos se desplazan por el fondo del río.
Superado el mareo, hicieron su rutina de siempre: ventilar con las alas, retirar a las compañeras muertas y construir. El estudio que J. D. Vandenberg y sus colegas publicaron en la revista científica Apidologie en 1985 dejó el detalle fino: las celdas construidas en órbita también salían inclinadas, como las de aquí, pero sin la orientación consistente que tienen en la Tierra.
Sin gravedad, las abejas siguen sabiendo hacer hexágonos. Lo que pierden es el acuerdo sobre hacia dónde inclinarlos.
¿Qué pasó con los huevos que puso la reina?
Ahí llega la parte agridulce. La reina puso unos 35 huevos en el panal recién hecho, señal de que aquello funcionaba como una colonia de verdad. Ninguno llegó a eclosionar después de trasladar a las abejas a una colmena normal en tierra, aunque los propios autores avisan de que esos huevos pasaron por condiciones que no pudieron controlar.
Y queda el remate involuntario. Según el mismo estudio, la colonia de control que se quedó en tierra construyó bastante menos panal que la que se fue al espacio, al parecer porque no alcanzó la temperatura adecuada. Cuarenta años después, el experimento de un chaval de instituto sigue diciendo lo mismo: para hacer un hexágono, una abeja no necesita saber dónde está el suelo.
Vía Gizmodo, con datos de la NASA, del archivo de UPI del 6 de abril de 1984, del National Air and Space Museum y del estudio de Vandenberg et al., «Survival, behavior and comb construction by honey bees, Apis mellifera, in zero gravity aboard NASA shuttle mission STS-13», Apidologie 16(4), 1985. Foto de portada: NASA, dominio público.




