La eligió en Irún, la ató a una cuerda y echó a andar hacia Galicia. Quiere que los 800 kilómetros del Camino del Norte acaben dejándosela redonda…
Imagina que te preparas el Camino de Santiago: mochila ligera, botas rodadas, ampollas asumidas. Y que además decides atar una piedra a una cuerda y llevarla a rastras hasta Galicia.
Salvador Estorch, un madrileño de 25 años, está recorriendo los cerca de 800 kilómetros del Camino del Norte, de Irún a Santiago de Compostela, arrastrando por el suelo una piedra atada a una cuerda. La idea es que la fricción de todo el trayecto le vaya comiendo las aristas hasta dejarla redonda.
¿Por qué arrastra una piedra por el Camino del Norte?
El plan no es del todo suyo y él no lo esconde: se le ocurrió al ver a un estadounidense que avanzaba por el Camino golpeando una piedra. Estorch subió la apuesta, eligió en Irún una roca de bordes irregulares y decidió llevársela hasta el final.
Desde entonces publica vídeos casi a diario y la cosa se le ha ido de las manos: algunos superan el millón de visualizaciones y su audiencia ya bautizó a la piedra. La llaman Piedregrina, San Piedro o, para los más rockeros, Mick Jagger.
A finales de agosto estaba a la altura de Laredo (Cantabria), con la mayor parte del recorrido todavía por delante. Por el camino la piedra se partió —un contratiempo considerable para un reto que consiste justamente en conservarla—, pero el desafío ha seguido adelante, con alambre de por medio.
La tradición jacobea más famosa con piedras consiste en soltarla. Él lleva cientos de kilómetros haciendo justo lo contrario.
¿Puede una piedra volverse redonda si la arrastras 800 kilómetros?
La geología solo le da la razón a medias. Un trabajo publicado en PLOS ONE en 2014 por Gábor Domokos, Douglas Jerolmack y sus colegas describió que el desgaste de los cantos ocurre en dos fases muy separadas: primero desaparecen las aristas, hasta que la forma queda enteramente convexa y sin que cambien las dimensiones, y solo después la piedra empieza a menguar, mucho más despacio.
El matiz importa: convexa no es lo mismo que redonda, y esa primera fase tampoco sale gratis, porque el canto puede perder por el camino una parte importante de su masa. Aquellos experimentos, además, se hicieron en un tambor giratorio donde las piedras chocaban entre sí, que no es lo que le ocurre a una roca arrastrada por tierra. Lo que sí comparten es el motor: la abrasión, ese pulido lento a base de roce y golpe que también convierte un bloque de pintura de coche en algo que se corta como un ágata.
¿Qué dice la tradición del Camino sobre las piedras?
Peregrinos y piedras vienen de largo. En la Cruz de Ferro, a unos 1.500 metros de altitud entre Foncebadón y Manjarín (León), la costumbre más extendida es traer una piedra desde tu lugar de origen —muchos la recogen ya sobre la marcha— y lanzarla de espaldas al montículo del pie de la cruz, como quien suelta un peso que traía encima. No muy lejos, en Astorga, esa ruta guarda historias más sombrías, como la celda donde algunas mujeres se emparedaban vivas.
El detalle es que la Cruz de Ferro está en el Camino Francés y Estorch va por el del Norte, que no pasa por allí: ambos se juntan mucho después, ya en Arzúa. Su piedra, de momento, no tiene dónde quedarse. Tampoco es el único que se complica un sendero por gusto: ahí está el hombre que terminó el Sendero de los Apalaches a los 91 años contando sus caídas.
Si la piedra llega entera a Santiago, habrá conseguido a base de botas lo que el mar hace sin que nadie se lo pida.
Vía Xataka Magnet, Los Andes y esdiario.




