Imagina renunciar al mundo para siempre: que te sellen con piedra en un hueco de poco más de un metro de ancho y pasar ahí el resto de tu vida, rezando y comiendo lo que alguien te acerca por una reja. No es el guion de una película de terror gótico. Es lo que hacían las emparedadas, y en Astorga (León) todavía se conserva una de sus celdas.
La Celda de las Emparedadas de Astorga, encajada entre la iglesia de Santa Marta y la capilla de San Esteban, a pocos pasos de la catedral, es un habitáculo de piedra de apenas unos 3,80 metros de fondo y poco más de un metro de ancho. Allí, en plena Edad Media, algunas mujeres se recluían de forma voluntaria y de por vida para dedicarse a la oración y la penitencia.
¿Qué eran las emparedadas?
El emparedamiento era la decisión de aislarse del mundo tapiando la entrada con piedra. Para las mujeres que lo elegían suponía una muerte simbólica: renunciaban a la vida ordinaria y aceptaban una existencia de aislamiento, pobreza y rezo. Una vez dentro, el hueco se sellaba y ya no volvían a salir.
La práctica se extendió por la península ibérica entre los siglos XII y XVI, en pleno auge del fervor religioso. En Astorga está documentada desde el siglo XIV, y los textos hablan de las emparedadas de la ciudad siempre en plural: hubo varias a lo largo del tiempo.
¿Cómo sobrevivían encerradas de por vida?
La celda tenía dos ventanas. Una daba a la calle: por ella recibían limosna y comida y algo de contacto con el exterior. La otra se abría al interior del templo, para poder seguir la misa sin salir del cubículo. Los gremios y las cofradías de la ciudad donaban dinero para su sustento, y muchos fieles dejaban algo para ellas en sus testamentos.
¿Por qué la celda de Astorga es tan singular?
Está considerada uno de los pocos ejemplos que se conservan en su emplazamiento original en España. La costumbre fue perdiendo fuerza hasta quedar prohibida entre finales del siglo XVII y el XVIII, y la mayoría de estos habitáculos se destruyeron o desaparecieron con el tiempo. La historiadora Gregoria Cavero Domínguez, de la Universidad de León, le ha dedicado un estudio sobre la reclusión voluntaria en la España medieval.
Sobre la pequeña ventana que da a la calle todavía se lee una inscripción bíblica que recuerda al viandante su propio juicio final. Hoy puedes acercarte, mirar entre los tres barrotes de hierro de la reja y asomarte, literalmente, a una tumba en la que se entraba con vida.
Si esta costumbre te ha parecido de otro planeta, no te pierdas otra creencia medieval que decidía condenas, la torre que lleva 800 años inclinada o cómo la bicicleta cambió la vida de las mujeres.
Vía Atlas Obscura.

