En 1992 un barco perdió 28.800 juguetes de baño en pleno Pacífico. Los llamamos patitos, pero en el contenedor iban también ranas, castores y tortugas…
Seguro que te la han contado alguna vez: un barco pierde un cargamento de patitos de goma y miles de ellos acaban dando la vuelta al mundo. La historia es real, pero tiene trampa. El 10 de enero de 1992, el portacontenedores Ever Laurel perdió en el Pacífico Norte un contenedor con 28.800 juguetes de baño de la marca The First Years, y no todos eran patos: había patos amarillos, castores rojos, ranas verdes y tortugas azules.
Se vendían como Friendly Floatees («flotadores simpáticos») y viajaban rumbo a Estados Unidos. El mar se llevó por la borda doce contenedores cerca de la línea internacional de cambio de fecha, y uno de ellos acabó soltando su carga. A partir de ahí, la fama se la quedaron los patos.
¿Cuántos de los juguetes recuperados en Alaska eran patos?
En la colección mejor documentada, ni la mitad. Los juguetes empezaron a llegar ese mismo 1992 a las playas cercanas a Sitka, en Alaska, tras unos 3.500 kilómetros a la deriva. Allí, los rastreadores de playas Dean y Tyler Orbison reunieron entre 1993 y 2004 un total de 111 ejemplares: solo el 35% eran patos. El resto, un 26% de castores, un 21% de ranas y un 18% de tortugas.
Y el mar añadió su propio giro: con los años al sol y en el agua salada, los patos y los castores se destiñeron hasta quedar blancos, mientras que las ranas y las tortugas conservaron su color. O sea, que muchos de los famosos patitos amarillos ni siquiera llegaban amarillos.
¿Por qué unos juguetes de baño acabaron en revistas científicas?
Porque dos oceanógrafos de Seattle, Curtis Ebbesmeyer y W. James Ingraham (este último, de la agencia estadounidense NOAA), vieron en ellos el experimento perfecto. Trabajaban con OSCURS, un modelo que simula las corrientes superficiales, y cada juguete encontrado en una playa servía para comprobar si acertaba.

Los resultados salieron en la revista Eos, en 2007 con un título que parece un chiste: Tub toys orbit the Pacific subarctic gyre («Los juguetes de bañera orbitan el giro subártico del Pacífico»). Según sus cálculos, cada vuelta completa a ese gran remolino oceánico les llevaba unos tres años.
¿Hasta dónde llegaron los juguetes del Ever Laurel?
Algunos se colaron hacia el norte por el estrecho de Bering, quedaron atrapados en el hielo del Ártico y salieron por el otro lado, al Atlántico. En julio de 2003 apareció un pato en Maine y en agosto de 2003, una rana en Escocia. Que el que cruzó el charco hasta Europa fuera una rana es, a estas alturas, casi justicia poética.
La rana llegó a Escocia, pero la fama se la llevaron los patos.
También hubo falsas alarmas: en 2007 la prensa británica dio por llegado un patito a una playa de Devon, y un análisis posterior concluyó que no era uno de los juguetes del Ever Laurel. Según varias publicaciones, los coleccionistas han llegado a pagar hasta 1.000 dólares por un ejemplar auténtico.
No es el único cargamento que el mar devuelve a plazos: ahí están los teléfonos de Garfield de Bretaña o la basura de los años sesenta que aparece en Escocia. Y en paciencia marina nadie supera al mensaje en una botella que tardó 109 años en llegar.
Así que la próxima vez que alguien te cuente lo de los patitos, ya sabes qué contestar: ¿y las ranas qué?
Vía Muy Interesante, Beachcombers’ Alert, ScienceBlog, Wikipedia, Upworthy y British Sea Fishing.
Imagen de portada generada con IA.




