Imagina la escena: estás tranquilamente paseando a tu perro por una playa cualquiera de Australia del Sur, cerca de Port Macdonnell, cuando tu fiel compañero olfatea algo enterrado en la arena. Lo normal sería un hueso o un trozo de madera, pero una afortunada señora se encontró con un tesoro que había estado viajando (o reposando) durante más de un siglo: una botella de cristal de aspecto bastante avejentado.
Pero ojo, no era una botella cualquiera de esas que acaban en la basura marina. Dentro contenía un mensaje tan vetusto que su remitente llevaba mucho tiempo echando la siesta. La nota databa de hace ¡109 años! Sí, el repartidor del océano se tomó su tiempo, concretamente desde el 14 de noviembre de 1916, para entregar este paquetito. Para ponerlo en contexto, esta fecha se sitúa en plena carnicería de la Primera Guerra Mundial.
La botella fue arrojada al mar por marineros a bordo del HMAS Psyche, un buque que estaba activo durante el conflicto. Y, si te estás imaginando un romántico poema desesperado, te equivocas. El mensaje encontrado no era el de amor más lento de la historia, sino un experimento científico bastante rudimentario.
En aquella época, los militares de la marina tenían la costumbre de lanzar botellas al mar con mensajes dentro. El objetivo era tan sencillo como eficaz: usar el destino de las botellas para trazar y estudiar las corrientes oceánicas. Vamos, una especie de sistema de navegación GPS manual y muy, muy lento. La nota original pedía, como es lógico, a quien la encontrara que se pusiera en contacto con las autoridades navales o, en su defecto, con el Museo. Se ve que los soldados ya predijeron que, dada la lentitud del proceso, acabarían en manos de historiadores.
El hallazgo fue tan increíble que requirió de un certificado de autenticidad. El Museo de Australia Occidental tuvo que intervenir para verificar que el papel y la caligrafía eran legítimos de 1916, confirmando así que la botella es una cápsula del tiempo marina que por fin ha tocado tierra. Definitivamente, un hallazgo que supera a cualquier cosa que tu perro pueda desenterrar en la playa, a menos que tu perro sea un experto arqueólogo canino.




