El rector de una parroquia de Yorkshire calculó que una estrella enorme no dejaría escapar ni su propia luz. Y acertó, más de un siglo antes…
Imagina que la primera descripción de un agujero negro no sale de un observatorio ni de una pizarra llena de ecuaciones, sino del despacho de un cura de pueblo. Pues es casi exactamente lo que pasó. En 1783, el reverendo John Michell, rector de la parroquia de Thornhill (Yorkshire, Inglaterra), calculó que una estrella lo bastante grande no dejaría escapar ni su propia luz, de modo que no podríamos saber nada de ella mirando al cielo. Más de 130 años antes de que Einstein formulara la relatividad general.
¿Cómo se le ocurre a un párroco que haya estrellas que atrapan su luz?
Michell razonaba con la física de Newton, que entendía la luz como un chorro de partículas diminutas. Si la luz es materia, pensó, la gravedad debería tirar de ella igual que de una piedra. Y llevó la cuenta al extremo: con un astro de la misma densidad que el Sol pero de un diámetro unas 500 veces mayor (497, según sus cálculos), la velocidad para escapar de su superficie superaría a la de la luz. Lo mandó en una carta a su amigo Henry Cavendish que la Royal Society leyó el 27 de noviembre de 1783 y publicó al año siguiente.
Si realmente existieran en la naturaleza cuerpos cuya densidad no fuese menor que la del Sol y cuyos diámetros fuesen más de 500 veces el diámetro del Sol, dado que su luz no podría llegar hasta nosotros…
Lo más fino viene después: como no se ven, Michell propuso cazarlos por el rastro que dejan. Si otra estrella luminosa gira alrededor de uno de ellos, su órbita delata al invisible. Es, en esencia, uno de los métodos con los que los telescopios de hoy peinan el cielo.
¿Por qué su idea se esfumó durante más de un siglo?
Durante el siglo XIX se impuso la teoría ondulatoria de la luz, y una onda sin masa no tenía por qué obedecer a la gravedad. Los historiadores suelen relacionar ese vuelco con el olvido de las estrellas oscuras, aunque no ha quedado constancia de los motivos. Pierre-Simon Laplace publicó en 1796 un razonamiento equivalente, con otras cifras, y el pasaje desapareció de las ediciones siguientes de su libro.
La ironía es que la fórmula de Michell coincide con la del radio de Schwarzschild relativista. Es una coincidencia numérica, no conceptual: de su estrella oscura la luz sale, frena y vuelve a caer; de un agujero negro de verdad no sale nada.
¿Quién era John Michell?
Un caso serio de genio olvidado, y sin cara: no se conserva ningún retrato suyo. Lo más parecido a una foto es lo que anotó el anticuario William Cole, que lo describió como «un hombrecillo bajo, de tez morena y gordo», aunque también lo tenía por «un hombre muy ingenioso y un excelente filósofo». Antes había sostenido, en un trabajo de 1760 posterior al terremoto de Lisboa, que los seísmos viajan como ondas a través de la Tierra.

Tampoco llegó a ver su experimento estrella: diseñó una balanza de torsión finísima para pesar la Tierra, murió en 1793 sin usarla y el aparato acabó en manos de Cavendish, que remató el trabajo en 1798. Hoy su reconocimiento cabe en una placa azul del muro de la iglesia. Enumera al geólogo, al astrónomo y a la balanza. De los agujeros negros no dice ni una palabra.
Vía Amusing Planet, con el texto original de Michell de 1784 y datos de la Royal Society, la Linda Hall Library, el Queens’ College de Cambridge y MacTutor.




