
Imagina que paseas por un pueblo de Luxemburgo, levantas la vista y ves una placa de metal oscuro atornillada a una fachada encalada: volutas en las esquinas, mayúsculas bien alineadas, todo el aire solemne de un monumento oficial. Te acercas a leerla. Y lo que anuncia, con una seriedad impecable, es que allí no ocurrió absolutamente nada.
Las placas nothing happened son marcadores conmemorativos de broma: imitan el diseño de las placas históricas oficiales para dejar constancia de que en aquel lugar no pasó nada. Hay ejemplares fotografiados en el Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Alemania, Chequia, Polonia, Rusia, Irlanda, Luxemburgo, Suiza y Australia, y su autor sigue siendo desconocido.
¿Qué dicen exactamente estas placas?
La de la rue Pierre-d’Aspelt, en la localidad luxemburguesa de Aspelt, es de las más redondas: cinco líneas centradas, una voluta en cada esquina y una fecha tan concreta que desarma.
ON THIS SITE SEPT. 5, 1782 NOTHING HAPPENED.
En Clarens, una localidad del municipio de Montreux (Suiza), hay otra atornillada a la verja de las Villas Dubochet, con dos estrellas de cinco puntas flanqueando una fórmula distinta, ya sin día ni mes: «ON THIS SITE IN 1897 NOTHING HAPPENED». Y en York, un pueblo de Australia Occidental, esa misma frase aparece en un cartel blanco junto a la puerta de un comercio, con el 1897 a cuerpo enorme.

Y no son fechas al azar: quien se ha puesto a catalogarlas nota un reparto geográfico curioso. El 1897 manda en Estados Unidos y el 5 de septiembre de 1782, en el Reino Unido. Un siglo justo de diferencia en lo que cada sitio entiende por «histórico».
¿Quién puso la primera y por qué esas fechas?
Aquí la historia se desinfla, muy en su estilo: no hay autor conocido. La referencia más antigua que se ha localizado es de noviembre de 1990, en un artículo del Chicago Tribune sobre un cartel clavado en una roca del campus de la Universidad Northwestern, en Evanston (Illinois), conocida desde entonces como The Nothing Happened Rock. El rastro no conduce a ningún artista, sino a un artículo de regalo: las reproducciones se venden hechas por internet, ya envejecidas de fábrica y por unos treinta dólares. Así que el mapa sigue creciendo.
Hay un detalle que las delata como broma viajera: dos de estas tres están en inglés en países donde el inglés no es lengua oficial.

¿Por qué hace gracia un monumento a la nada?
Porque una placa conmemorativa es, antes que un texto, una promesa. El formato dice «esto importa» y uno se acerca esperando una batalla, un nacimiento ilustre o un invento. El chiste no está en las palabras: está en el género. Es el mismo mecanismo que sostiene el aeropuerto internacional de Gales, con su cartel de carretera impecable y ni una pista de aterrizaje.
Y es justo lo contrario de las máximas talladas en las rocas de un bosque de Massachusetts, pensadas para durar siglos. Aquí no hay mensaje que salvar: solo la constancia oficial, atornillada a una pared, de que un día cualquiera de 1782 no pasó nada. Con una pega. Si algún día ocurre algo en esa esquina, habrá que descolgarla.
Vía Futility Closet y Mental Floss, con el rastreo de orígenes de Twelve Mile Circle. Fotografías de Wikimedia Commons: Cayambe (Aspelt), Jmh2o (Clarens) y ashul (York).
