En 1826, la autora de Frankenstein publicó una novela en la que una peste vacía el planeta hacia 2100. La crítica la hundió y cayó en el olvido hasta 1965…
Antes de los zombis, los virus de laboratorio y las series de supervivientes, la autora de Frankenstein ya había acabado con la humanidad. Mary Shelley publicó en 1826 El último hombre (The Last Man), una novela ambientada entre 2073 y 2100 en la que una peste recorre el planeta y solo deja con vida a su narrador. La crítica de la época la despedazó y el libro cayó en el olvido hasta su reedición de 1965.
Este 2026 cumple 200 años, y cuesta leerla sin la sensación de que su autora estaba mirando por encima de nuestro hombro.
¿De qué trata El último hombre de Mary Shelley?
El narrador, Lionel Verney, cuenta el final del siglo XXI. En 2073 el último rey de Inglaterra abdica y el país se convierte en república. Para viajar con prisa hay globos con alas de plumas. Por lo demás, ese futuro se parece mucho al mundo de 1826.
La peste, que asoma primero a orillas del Nilo, estalla en plena guerra por Constantinopla, entre griegos y turcos, y de ahí se extiende por el resto del mundo. Los gobiernos se hunden, la sociedad se desmorona y, capítulo a capítulo, Verney va perdiendo a todos los que quiere.

El final es de los que se quedan pegados. Solo en una Roma vacía, Verney sube a lo alto de la basílica de San Pedro y graba en la piedra «2100, último año del mundo». Adopta a un perro pastor que seguía cuidando su rebaño aunque su amo había muerto. Y se dispone a zarpar por el Mediterráneo con provisiones, el perro y unos pocos libros, sobre todo Homero y Shakespeare, por si en alguna costa queda alguien más.
¿Por qué escribió Mary Shelley una novela tan oscura?
Porque la estaba viviendo. Su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, murió ahogado en julio de 1822, y antes ya habían muerto tres de sus cuatro hijos. En la novela lo retrató en el personaje de Adrian, y a su amigo Lord Byron, en el de Lord Raymond. Byron murió en 1824, mientras ella trabajaba en el libro.
El 14 de mayo de 1824 dejó escrito en su diario:
«¡El último hombre! Sí, bien puedo describir los sentimientos de ese ser solitario, sintiéndome como la última reliquia de una raza amada, mis compañeros, extintos antes que yo…».

¿Cómo recibió la crítica El último hombre?
Fatal. La Literary Gazette la despachó como «una repetición nauseabunda de horrores», y la Monthly Review la llamó «fruto de una imaginación enferma». El libro se olvidó durante casi siglo y medio, hasta la reedición de 1965. Hay libros que tardan en volver, como aquel libro emparedado en una chimenea, pero este se hizo esperar a conciencia.
Hoy hay estudiosos que la ven como el molde del género postapocalíptico que llena estanterías y plataformas. Y en 2020, con el planeta encerrado en casa y Florencia reabriendo sus ventanas del vino, varios académicos volvieron a reivindicarla.
De su siglo XXI falló en los globos con plumas. En lo demás, a ratos, da un poco de frío releerla.
Vía The Conversation (Eileen Hunt, Universidad de Notre Dame), texto íntegro en el Proyecto Gutenberg, Ploughshares, Cambridge University Press, The Vintage News, Wordsworth Grasmere, Literary Review y Wikiquote.
Imagen de portada generada con IA.




