Antes de cada jornada con Al este del Edén, John Steinbeck escribía a su editor una larga carta a lápiz. No la echaba al correo: era su calentamiento…
Hay escritores que calientan con café, otros con un paseo y otros mirando el techo. John Steinbeck, autor de Las uvas de la ira y futuro premio Nobel, calentaba escribiendo una carta. Cada día de trabajo desde el 29 de enero de 1951, antes de ponerse con la novela Al este del Edén, escribía una carta a su editor en Viking Press, Pascal Covici. Y no le envió ninguna por correo.
Las cartas iban en el mismo cuaderno que la novela: en una página, la carta; en la de enfrente, el borrador de Al este del Edén. Todo a mano y a lápiz, con esa obsesión por los lápices recién afilados que también asoma en la historia del mítico Blackwing 602.
¿Por qué escribía Steinbeck una carta antes de cada jornada?
Era su forma de entrar en calor. La descripción del libro que publica Penguin lo resume con una imagen de béisbol: Steinbeck lo veía como poner a punto el brazo antes de lanzar un buen partido. No eran notitas: a menudo pasaban de las mil palabras, y solo después empezaba la jornada de novela.
Tenía motivos para necesitar el calentamiento. Steinbeck arrastraba dudas sobre su propio talento, y con Al este del Edén se jugaba mucho. De ella dijo: «Creo que todo lo demás que he escrito ha sido, en cierto sentido, práctica para esto».

¿Qué contaba Steinbeck en esas cartas a su editor?
De todo. Discusiones sobre la trama, pruebas de oficio, reflexiones sobre escribir y la preocupación por sus dos hijos pequeños, Thom y John, para quienes pensó el libro. Nunca se enviaron por separado, pero tras la muerte del autor se publicaron como Journal of a Novel: The East of Eden Letters.
Entre tanta intendencia se cuelan frases que hoy se citan en talleres de escritura:
«El oficio o arte de escribir es el torpe intento de encontrar símbolos para lo que no tiene palabras». «Un buen escritor siempre trabaja en lo imposible».
Cada gran escritor tiene sus manías. Churchill, por ejemplo, llegó a mandar a su gabinete un memorándum exigiendo informes más cortos. Steinbeck iba en la dirección contraria: para escribir mejor, primero escribía más.
¿Funciona el truco de Steinbeck para cualquiera que escriba?
Décadas después, el ritual tiene primo hermano en la autoayuda creativa. Julia Cameron, autora de The Artist’s Way, recomienda las «páginas matutinas»: tres páginas a mano, nada más despertarse, escritas sin filtro y sin intención de que nadie las lea. Algo parecido a lo que hacía Steinbeck, con la diferencia de que él tenía un destinatario y hablaba del oficio.
Quizá ahí esté la gracia: escribirle a alguien concreto obliga a ordenar lo que uno piensa, aunque la carta no vaya a salir nunca por correo. Si alguna vez se te atasca la página en blanco, ya sabes: no hace falta una musa, basta con un amigo al que no pienses mandarle nada. Y si las rarezas de los grandes escritores te saben a poco, pregúntale a Dickens, que tuvo a Andersen cinco semanas en casa.
Vía Mental Floss, Penguin Random House, Wikipedia, The Marginalian y Alta.
Imagen de portada generada con IA.




