Un dron saca garras de gato para posarse en los icebergs

Pesa 2,65 kilos, despliega púas retráctiles copiadas de las uñas de los gatos y encadenó 24 aterrizajes en el hielo de Islandia sin fallar ninguno…

0
0

Pesa 2,65 kilos, despliega púas retráctiles copiadas de las uñas de los gatos y encadenó 24 aterrizajes en el hielo de Islandia sin fallar ninguno…

Un dron de 2,65 kilos construido en la Universidad de Sherbrooke, en Quebec (Canadá), se posa en pendientes de hielo de hasta 58 grados y se queda ahí agarrado. Lo consigue clavando unas púas retráctiles que sus creadores copiaron de las uñas de los gatos. El aparato se llama Ice Dart y en Islandia encadenó 24 aterrizajes sobre icebergs y glaciares sin fallar ninguno.

Suena a capricho de ingeniero hasta que uno mira el problema real. Un cuadricóptero corriente necesita una superficie más o menos plana y con algo de agarre. Un iceberg no es ninguna de las dos cosas: es una rampa resbaladiza que, además, se mueve.

¿Por qué un dron necesita garras de gato?

Porque una púa fija estorba en vuelo y se engancha donde no debe, mientras que la del gato solo asoma cuando hace falta. Ese es el detalle que los autores citan como inspiración. Cada uno de los cuatro pies del Ice Dart lleva dos espinas orientadas en sentidos opuestos —una agarra hacia arriba y la otra hacia abajo— que se despliegan y se hincan en el hielo cuando la suspensión de la pata se comprime con el impacto. El resto del tiempo van recogidas. La naturaleza lleva ventaja en estas cosas: por el fondo del mar hay hasta peces que caminan de lado.

¿Cómo se queda quieto en una pendiente de 58 grados?

Con tres cosas a la vez. Las patas, de fibra de carbono y dispuestas en aspa, montan un amortiguador de fricción formado por 38 discos que se traga la energía del golpe. Los motores dan un empujón invertido justo al tocar el hielo, para que el aparato se apriete contra la pendiente en lugar de rebotar. Y entonces salen las púas. El conjunto encaja llegadas a entre uno y tres metros por segundo, que no es precisamente posarse con delicadeza.

¿Para qué sirve un dron aparcado en un iceberg?

Para dejarlo ahí. Volar consume batería a lo bestia; una vez posado, según explica el profesor Alexis Lussier Desbiens, el gasto energético cae en picado y un aparato pequeño puede observar durante mucho más tiempo. Deja de ser una aeronave y pasa a ser un sensor fijo que viaja con el hielo. IEEE Spectrum apunta a vigilar icebergs, medir tensiones cerca de los frentes glaciares, entender cómo se desprenden los bloques y validar los sistemas de detección de los barcos. Tampoco es el encargo más raro que reciben estos aparatos: en Escocia salieron a buscar un macaco fugado.

Un dron en el aire es una factura de batería. Un dron agarrado a un iceberg es una estación de medición que viaja gratis.

Las pruebas de campo se hicieron en el glaciar Fjallsjökull, en el sureste de Islandia, con vientos de hasta 30 km/h y un 100 % de acierto en los 24 intentos. En laboratorio, ya sin viento, los aterrizajes llegaron a los 60 grados de inclinación. El trabajo lo firman Isaac Tunney, John Bass y Alexis Lussier Desbiens, y se publicó en 2026 en la revista IEEE Transactions on Field Robotics.

El propio equipo grabó las pruebas, y verlo agarrarse al hielo explica el invento mejor que cualquier párrafo:

Que un bicho con hélices trepe donde no llega un humano ya no sorprende tanto: los robots hasta tienen sus propios Juegos. Lo bonito aquí es de dónde sale la solución: millones de años de evolución felina, resueltos en cuatro patitas de fibra de carbono.

Vía IEEE Spectrum, New Atlas, DroneLife y el estudio original en IEEE Xplore. Vídeo: Createk Engineering Lab. Imagen de portada: ilustración generada con IA.