La cinta de correr nació como castigo en cárceles victorianas

Grabado del siglo XIX de presos caminando sobre la rueda de castigo de la cárcel de Brixton, origen de la cinta de correr
Rueda de castigo (treadmill) de la cárcel de Brixton, siglo XIX. Grabado de dominio público (Wikimedia Commons).
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Odias esos veinte minutos de cinta antes de pasar a las pesas. Pues consuélate: durante casi un siglo, subirse a una fue, literalmente, una condena. La cinta de correr no nació en ningún gimnasio, sino en las cárceles de la Inglaterra victoriana, donde miles de presos pisaban peldaños que no llevaban a ninguna parte como castigo por sus delitos.

De moler grano a moler presos

La inventó en 1818 el ingeniero William Cubitt, el mismo que décadas después sería nombrado caballero por su trabajo en el Crystal Palace de Londres. Su artilugio era una enorme rueda con peldaños: los reclusos la hacían girar con su propio peso mientras se agarraban a una barra, igual que en el aparato de hoy.

Solo que aquella rueda hacía algo más que sudar. Un eje conectaba el mecanismo a un molino que trituraba grano al otro lado del muro. De ahí el nombre: treadmill, literalmente «molino de pisar». Y cuando no molía nada, giraba contra un peso muerto, para que el castigo resultara aún más absurdo.

Una de las primeras se instaló en la prisión de Brixton y el invento se propagó como la pólvora: en pocas décadas funcionaba en más de cien cárceles británicas, muy lejos de las prisiones reconvertidas hoy en hoteles de lujo. Los presos caminaban durante horas en silencio, separados por tabiques para no poder ni hablar ni mirarse, al ritmo de una campana. En algunas cárceles, la jornada equivalía a subir más de 5.000 metros de escalones al día.

Presos victorianos caminando en compartimentos individuales sobre la rueda de castigo de la prisión de Coldbath Fields
Presos en la rueda de castigo de la prisión londinense de Coldbath Fields. Grabado de Henry Mayhew (dominio público).

Es una satisfacción ver a ese ladrón, estafador o vagabundo empedernido sudar a mares sobre la rueda del molino.

Lo escribió, encantado, Charles Dickens. No todos lo veían con tanto entusiasmo: el escritor Oscar Wilde, condenado a trabajos forzados, sudó sobre una de estas ruedas y la dejó grabada en La balada de la cárcel de Reading.

Del castigo al cardio

El invento cayó en desgracia a finales del siglo XIX: se lo consideró un castigo cruel e inútil, y la Prison Act de 1898 terminó por prohibirlo en el Reino Unido. La rueda desapareció de los patios y quedó décadas en el olvido. La historia está llena de estos giros —a veces tan retorcidos como el examen imposible con el que Edison filtraba a sus aspirantes—, pero pocos tan redondos como este.

Hubo que esperar al siglo XX para que alguien rescatara la idea y la vendiera como justo lo contrario de una condena: salud, cardio y buena figura. Hoy pagamos una cuota mensual por hacer voluntariamente lo que antaño imponía un juez. Como el apio, que pasó de lujo victoriano a símbolo de las dietas tristes, la treadmill demuestra que el prestigio de las cosas cambia con cada siglo.

Así que la próxima vez que mires el reloj en la cinta rezando por que pasen los minutos, recuerda que no eres tan distinto de aquel preso de Brixton. La única diferencia es que tú puedes bajarte cuando quieras… y encima has pagado por subirte.

Vía Today I Found Out y Wikipedia.