Cuando piensas en la máquina de vapor, seguramente te vienen a la cabeza una fábrica inglesa envuelta en humo y un tal James Watt. Pues agárrate: la primera patente de un ingenio movido por vapor no la firmó ningún británico, sino un noble navarro con espada, pincel y una cabeza que se adelantó siglo y medio a su época.
Se llamaba Jerónimo de Ayanz y Beaumont, nació en Guenduláin en 1553 y España lo ha tenido olvidado durante cuatrocientos años. Toca arreglarlo.
El hombre orquesta del Siglo de Oro
Ayanz fue paje del rey Felipe II, soldado en campañas por media Europa, pintor, músico, cosmógrafo y administrador de las minas reales. Ese último cargo, el más gris sobre el papel, resultó ser la chispa: al frente de las minas se topó con dos problemas que mataban trabajadores a diario, la inundación de las galerías y el aire irrespirable.
En lugar de encogerse de hombros, se puso a inventar soluciones. Y no una ni dos.
Vapor, casi un siglo antes que los ingleses
Para achicar el agua de las minas, Ayanz diseñó una bomba que usaba la presión del vapor para empujar el agua fuera del pozo. La probó con éxito en las minas de plata de Guadalcanal, en Sevilla. No era todavía la máquina de Watt, pero funcionaba, y se adelantó casi cien años a los célebres Thomas Savery y Thomas Newcomen.
En 1606, el rey Felipe III le concedió una patente por 48 inventos de una tacada, una barbaridad para la época. El documento original todavía se conserva en el Archivo General de Simancas.
Mientras Inglaterra se llevaba la fama del vapor, el papel que demostraba quién llegó primero pasó un siglo cogiendo polvo en un archivo de Valladolid.
Aire acondicionado, buzos y hasta submarinos
El vapor era solo el principio. Para ventilar las minas, Ayanz ideó sistemas que hacían circular aire fresco por los túneles e incluso lo enfriaban poniéndolo en contacto con nieve: una forma primitiva de aire acondicionado, siglos antes de que existiera la palabra.
En 1602 presentó un traje de buceo con un mecanismo para renovar el aire del submarinista. Según las crónicas, durante una prueba en el río Pisuerga un hombre aguantó cerca de una hora bajo el agua ante la corte al completo. Y por si fuera poco, dibujó vehículos sumergibles que parecen arrancados del cuaderno de Leonardo da Vinci.

Su lista de patentes sumaba además hornos metalúrgicos, presas de arco, molinos, bombas de riego y hasta un aparato para medir la declinación magnética. Puro ingenio para resolver problemas imposibles, en la línea de quien hoy propone tornados de fuego para limpiar el mar. Y una patente tan insólita como la armadura antilobos para ovejas demuestra que la manía de registrar inventos raros no ha caducado.
Por qué no lo conoce casi nadie
Ayanz murió en 1613. Sus inventos se quedaron encerrados en la maquinaria de la monarquía española, sin difundirse por Europa, y cuando los ingleses triunfaron con el vapor taparon de un plumazo a todos los que habían llegado antes. Resultado: un genio de manual convertido en nota a pie de página, de esos que suenan a puro invento pero son 100% reales.
Así que la próxima vez que alguien te venda el vapor como una exclusiva británica, ya sabes qué responder. Se llamaba Jerónimo de Ayanz, y llegó primero.
Vía Amusing Planet; más contexto en Revista de Historia.

