Del icono del arte minoico solo quedan un torso, una corona y un trozo de muslo. No encajan entre sí y puede que ni sean del mismo personaje…
Si has visto alguna imagen del arte minoico, seguramente era el Príncipe de los Lirios: un joven de perfil, melena negra al viento y una corona descomunal de lirios y plumas. El problema es que casi nada de eso es antiguo. El Museo Arqueológico de Heraclión, que lo expone, describe esa figura de tamaño natural como una reconstrucción hecha con tres fragmentos que no encajan entre sí. Y, según la bibliografía, ni siquiera está claro que salieran de la misma pintura.
¿Qué se conserva de verdad del Príncipe de los Lirios?
Los trozos aparecieron en 1901, en las excavaciones dirigidas por Arthur Evans en el palacio de Cnosos, en Creta. No era una pintura plana, sino un relieve de estuco pintado, y llegó hecho añicos.
Lo que sobrevivió se reduce a un torso, un pedazo de cabeza con la corona y un trozo de muslo —nueve piezas menudas repartidas en esos tres grupos—. Ninguno enlaza con otro. Y la cara nunca apareció: ese perfil que sale en todos los libros de arte es yeso moderno, modelado y pintado por el restaurador.

¿Por qué la corona probablemente no es suya?
El propio Evans dudó al principio. En 1901 dio por hecho que tenía delante tres figuras distintas y escribió que la postura y el puño cerrado del torso podían ser los de un boxeador. Luego cambió de idea: los fragmentos se unieron en un solo personaje al que bautizó como el rey-sacerdote de Cnosos, encarnación del poder religioso y civil.
La objeción que más ha pesado desde entonces tiene que ver con el tocado. El museo recoge que esa corona —de lirios y plumas de pavo real, según la reconstrucción— se ha atribuido a una sacerdotisa o a una esfinge, no al hombre que la lleva. Sobre el resto tampoco hay consenso: se ha propuesto un atleta, un boxeador o un gobernante haciendo un gesto de mando.
Tres trozos sueltos, ninguna cara y una corona que quizá era de otro. Lo demás es yeso y criterio del restaurador.
¿Quién dibujó lo que faltaba?
Los Gilliéron, padre e hijo y los dos llamados Émile, rehicieron buena parte de los frescos que hoy se ven en Cnosos rellenando huecos con yeso y buen ojo. La restauración quedó lista en 1905, y la copia que cuelga en el palacio la realizó Gilliéron hijo en 1926.

No es la primera antigüedad que resulta ser otra cosa: por aquí pasaron un anfiteatro romano de hormigón y un sarcófago convertido en maceta durante dos siglos.
¿Está cerrada la discusión?
Ni de lejos. En 2024, la arqueóloga Ute Günkel-Maschek publicó en el Annual of the British School at Athens un análisis del collar de lirios del torso: por cómo se abren las flores, concluye que la figura miraba a la izquierda, como en la reconstrucción de Evans. Con un matiz: para ella la corona emplumada no era de este personaje, y el hombre estaba quieto, no avanzando. Más de un siglo después, todo sigue girando alrededor de un torso, una corona y un muslo.
Vía Atlas Obscura, Museo Arqueológico de Heraclión, Mary Beard, Royal Society of Chemistry, Annual of the British School at Athens y Knossos Documenta. Foto de portada: ArchaiOptix, CC BY-SA 4.0.




