
Imagina que riegas los geranios cada primavera en la misma jardinera de mármol de toda la vida. Y que un buen día alguien te dice que ese trasto es, en realidad, el ataúd de un romano que murió hace casi 1.800 años.
Eso es, más o menos, lo que pasó en el Palacio de Blenheim, la fastuosa residencia inglesa donde nació Winston Churchill. Durante unos 200 años, una pieza de mármol tallado hizo de fuente primero y de macetero después, plantada en mitad del jardín sin que nadie le prestara demasiada atención.
Un Dioniso borracho escondido entre las flores
La verdad salió a la luz en 2017, después de que un experto en antigüedades, de visita por el palacio el año anterior, insistiera en investigar la procedencia del objeto. El veredicto de los conservadores fue rotundo: aquel frontal era un auténtico sarcófago romano del siglo III.
El relieve no tiene desperdicio. Muestra a un Dioniso completamente ebrio en el centro, flanqueado por Hércules y Ariadna y rematado con cabezas de león. Mide dos metros y pesa cerca de 400 kilos, así que sacarlo de su rincón ajardinado no fue precisamente coser y cantar.
Una tumba pensada para la eternidad acabó sus días sujetando flores: pocos objetos resumen mejor eso de tener un tesoro en casa y no enterarse.
No es la primera vez que una obra esconde sorpresas a plena vista: el rostro de el Nacimiento de Venus guarda su propio secreto médico, y los ecos de la Roma imperial siguen apareciendo donde menos se los espera.
Un tesoro de 300.000 libras y un origen misterioso
Los expertos calcularon su valor en unas 300.000 libras (cerca de 400.000 dólares). Y lo más intrigante es que nadie sabe a ciencia cierta cómo llegó hasta allí: la pista se pierde en el siglo XIX, cuando el quinto duque de Marlborough lo sumó a su colección por caminos que quizá no se aclaren nunca.
Lo llamativo es que el sarcófago llevaba siglos a la vista de quien supiera mirar. Un artista lo dibujó antes de 1530, reapareció en un catálogo de mármoles británicos en 1882 y hasta un turista llegó a sugerir en una reseña de viajes que aquello tenía toda la pinta de ser romano. Como pasa con tantos grandes hallazgos inesperados, el descubrimiento estaba ahí, esperando a que alguien atara cabos.
Hoy, ya restaurado, el sarcófago descansa bajo techo en una sala del palacio, lejos de la lluvia y de los geranios. Una jubilación más que merecida después de dos siglos aguantando el chaparrón inglés como si tal cosa. ¿Cuántos tesoros más estarán ahora mismo haciendo de macetero sin que nadie lo sepa?
Vía ScienceAlert.
