Bloquean un gen y a unos pollos les salen plumas de dinosaurio

Gallina con plumas primitivas tipo púas como las de los dinosaurios, ilustración de la pieza sobre el gen Sonic Hedgehog
Ilustración generada con IA para Planeta Zapping.
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Imagina que abres el gallinero y una de tus gallinas, en vez de su plumón de siempre, luce un erizado de púas que la deja a medio camino entre el corral y Parque Jurásico. No es ciencia ficción ni un filtro del móvil: es exactamente lo que consiguió un equipo de la Universidad de Ginebra tocando un solo gen.

Los investigadores, liderados por el biólogo Michel Milinkovitch, silenciaron durante el desarrollo del embrión de pollo la vía del gen Sonic Hedgehog, uno de los grandes directores de orquesta de la formación de un cuerpo. ¿El resultado? A los embriones les brotaron unas protoplumas primitivas: filamentos tubulares y sin ramificar, calcados a las primeras plumas que estrenaron los dinosaurios hace más de 200 millones de años.

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Lo más alucinante es que no hizo falta resucitar nada ni rebuscar en ADN antiguo. Las instrucciones para fabricar esas plumas arcaicas seguían ahí, dormidas en el genoma del pollo, esperando su momento. Al fin y al cabo, las aves son parientes vivos de los dinosaurios: descienden en línea directa de aquellos bichos emplumados y conservan el manual de instrucciones original.

Las gallinas no llevan un dinosaurio dentro: en cierto modo, ya son uno.

El efecto, eso sí, fue pasajero. El propio organismo corrigió la «anomalía» por su cuenta: tras la eclosión, los pollos mudaron y, hacia la séptima semana de vida, su plumaje volvió al de cualquier gallina normal y corriente. Nada de pollos-velociraptor sueltos por la granja.

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Más allá del titular fácil, el experimento —publicado en la revista PLOS Biology, donde incluso se llevó la portada— sirve para entender cómo y por qué evolucionaron las plumas, uno de los grandes inventos de la naturaleza. Toquetear los genes de un ser vivo para destapar su historia evolutiva es una línea que ya nos ha dejado curiosidades como un tomate que huele a palomitas.

Y encaja con una idea que cuesta digerir cada vez que vemos picotear a una gallina: ese animalito tan doméstico carga en sus genes millones de años de evolución. La diferencia entre un picnic en el parque y una escena de Jurassic Park cabe, literalmente, en un puñado de genes silenciados.

Así que la próxima vez que le hinques el diente a un muslo de pollo, recuerda: estás dándole un mordisco al pariente más cercano del Tyrannosaurus rex que vas a encontrar en el supermercado. Que aproveche.

Fuente: estudio publicado en PLOS Biology (Cooper y Milinkovitch, Universidad de Ginebra) y cobertura de Live Science.