El maharajá indio que acogió a cientos de niños polacos

Palacio de verano de un maharajá indio con las puertas abiertas al atardecer, símbolo del refugio dado a niños polacos huérfanos
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Imagina huir de una guerra, cruzar medio planeta en barco y que cada puerto te cierre la puerta en las narices. Le pasó a cientos de niños polacos en plena Segunda Guerra Mundial. Y el hogar que nadie les daba se lo acabó ofreciendo alguien de lo más inesperado: un maharajá al otro lado del mundo, en la India.

Entre 1942 y 1946, el maharajá Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja, que gobernaba el principado indio de Nawanagar, acogió a varios cientos de niños polacos huérfanos en un campamento levantado junto a su palacio de verano, en la aldea de Balachadi. No los trató como refugiados de paso: los llamó nawanagaris, ciudadanos suyos, cuando ningún otro país los quería.

¿Por qué unos niños polacos acabaron en la India?

La historia arranca lejos de Asia. En febrero de 1940, la Unión Soviética deportó a Siberia a miles de familias polacas, muchas de ellas hijos de la intelectualidad del país. Cuando Alemania invadió la URSS en 1941, esos prisioneros quedaron libres de golpe, pero sin casa, sin país y con media Europa en llamas.

Miles de ellos, muchos ya huérfanos, emprendieron un éxodo imposible que terminó en barcos rumbo a otros continentes. Al llegar a Bombay, el gobernador británico se negó a dejarlos desembarcar. Fue entonces cuando el maharajá presionó a las autoridades coloniales hasta conseguir que aquellos niños pisaran tierra firme. Como el español que la historia casi borra, es una de esas figuras que merecían mucho más recuerdo del que tuvieron.

¿Cómo era el hogar que les construyó?

Balachadi no fue un campo de barracones y alambradas. El maharajá mandó construir una pequeña ciudad para ellos: escuela, biblioteca, cocinas y hasta una iglesia católica para que los niños pudieran mantener su fe y su idioma. Cada barracón alojaba a una treintena de pequeños, y él mismo cedió parte de su residencia para las clases.

«No os consideréis huérfanos. Ahora sois nawanagaris, y yo soy Bapu, el padre de toda la gente de Nawanagar, así que también el vuestro», les dijo, según recogen las crónicas.

Los supervivientes que aún viven lo recuerdan como el hombre que les devolvió la infancia. No es la única historia tierna que ha cruzado un continente: algo parecido sintió Italia por Lampo, el perro que viajaba solo en tren.

¿Cuántos niños salvó y cómo lo recuerda Polonia?

Las cifras bailan según la fuente: se calcula que por Balachadi pasaron entre 600 y 1.000 niños polacos a lo largo de aquellos años. Lo que no baila es el reconocimiento. En 2016, el Parlamento de Polonia aprobó por unanimidad una resolución en su honor, y ya en 2011 le había concedido, a título póstumo, la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito.

Hoy Varsovia tiene una plaza dedicada a él, la plaza del Buen Maharajá, y una escuela lleva su nombre. En el lugar donde estuvo el campamento funciona ahora una academia militar. Nada mal para un gesto que empezó con un puñado de niños a los que nadie más quería abrir la puerta.

Vía Smithsonian Magazine. Otra historia insólita de aquellos años: cómo la CIA desmontó una sonda soviética en una noche.