Lampo, el perro que viajaba solo en tren por toda Italia

Estatua de piedra del perro Lampo con gorra de ferroviario, monumento en la estación de Campiglia Marittima
Monumento a Lampo en la estación de Campiglia Marittima. Foto: LepoRello / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).
0
0

Imagina a un perro callejero que un día se sube a un tren, desaparece durante horas y vuelve a casa por la tarde como quien regresa de la oficina. No es el guion de una película de animación: es exactamente lo que hacía Lampo, un chucho toscano que en los años cincuenta se convirtió en el pasajero más famoso de los ferrocarriles italianos.

La historia empieza en 1953, cuando un cachorro callejero se bajó de un tren de mercancías en la estación de Campiglia Marittima, en la costa de la Toscana. Elvio Barlettani, el subjefe de estación, no quería quedárselo, pero su hija Mirna le convenció para acogerlo «solo una noche». Aquella noche se alargó unos cuantos años. Lo llamaron Lampo —«relámpago» en italiano— por lo rápido que era.

Un pasajero que se sabía los horarios

Lo asombroso no es que Lampo viajara en tren, sino que lo hiciera con criterio. Aprendió los horarios de la estación, distinguía los trenes lentos de los rápidos y hasta identificaba el vagón restaurante para pedir comida a los revisores. Cada mañana acompañaba a Mirna en el tren hasta el colegio, en Piombino, y volvía él solo a casa.

Desde ahí montó su propia red de rutas. Se subía, cambiaba de convoy y cruzaba media Italia sin correa, sin billete y sin mapa ni GPS, para reaparecer en Campiglia Marittima al caer la tarde, puntual como Pickle, el pájaro que cada noche vuelve a casa.

Se subía, se bajaba y volvía a su estación. Solo. Sin perderse una sola vez.

No todos estaban encantados. Un inspector, harto de ver a un perro campando a sus anchas por los andenes, ordenó librarse de él y lo mandaron lejos, al sur, en un tren de mercancías. Meses después, flaco y maltrecho, Lampo reapareció en su estación. Nadie volvió a intentar separarlo de allí: se había ganado el puesto de mascota oficial y una fama que cruzó fronteras, con reportajes hasta en una revista estadounidense.

Una estatua donde duerme

El final es agridulce, como el de tantos animales que se ganan su minuto de gloria. El 22 de julio de 1961, Lampo murió arrollado por un tren de mercancías en maniobras, en la misma estación que había convertido en su casa. Lo enterraron allí mismo.

Un año después, con una colecta de los ferroviarios y la ayuda de aquella revista, el escultor Andrea Spadini le dedicó un monumento que sigue en pie sobre su tumba, con una gorra de ferroviario tallada a sus pies. Barlettani, además, le escribió un libro. Más de sesenta años después, la estatua sigue esperando en el andén un tren que Lampo ya no necesita coger.

Vía Amusing Planet. Foto de portada: LepoRello / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).