¿Quién dijo que los videojuegos no tienen historia? Pues bien, parece que a Pokémon le ha tocado una lección magistral de geopolítica y memoria histórica, cortesía del ratón eléctrico más famoso del planeta. En lo que solo puede describirse como uno de los mayores despistes de relaciones públicas de los últimos tiempos, el universo Pokémon ha conseguido meterse en un jardín monumental en Japón.
Cuando Pikachu se encuentra con la Historia Blanda
El escenario de este peculiar encuentro no fue otro que el Santuario Yasukuni, situado en Tokio. Para el ojo inexperto, podría parecer simplemente un lugar de culto más. Pero, ¡ay!, Yasukuni está lejos de ser un templo cualquiera. Este santuario es uno de los puntos más sensibles y explosivos de la política y la historia moderna japonesa, pues está dedicado a honrar a aquellos que murieron por el Emperador, incluyendo, y aquí viene la madre del cordero, a criminales de guerra de Clase A convictos por su papel en la Segunda Guerra Mundial.
Es un lugar que provoca escalofríos diplomáticos cada vez que un político japonés de alto nivel decide visitarlo, ofendiendo profundamente a naciones vecinas como China y Corea del Sur, que lo ven como un símbolo del militarismo nipón. ¿Y quién ha decidido que era el lugar idóneo para un evento promocional? Sí, has acertado: Pokémon.
El evento de la controversia relámpago
Aunque los detalles del evento no eran de gran envergadura (probablemente una aparición del icónico Pikachu para una foto o promoción), la simple yuxtaposición de un personaje infantil globalmente amado con un monumento que simboliza el ultranacionalismo y crímenes de guerra fue suficiente para incendiar las redes sociales y los medios internacionales.
Los fans no tardaron en señalar la terrible elección de ubicación. Las críticas no se dirigieron tanto al santuario en sí (que es un lugar complejo en el panorama social japonés), sino a la flagrante insensibilidad corporativa de la marca al no considerar el contexto histórico y político del emplazamiento. Es como si la dirección de marketing hubiera tirado un dardo a un mapa de Tokio con los ojos cerrados, esperando que la historia no mirase.
La broma, claro está, se ha convertido en una pesadilla de relaciones públicas. Parece que la próxima vez, antes de enviar a Pikachu a interactuar con el público, la directiva de la franquicia debería contratar a un consultor de historia mundial. Algunos sugieren que, dada la naturaleza del santuario, tal vez habrían estado más en sintonía los Pokémon de tipo fantasma. En cualquier caso, el evento ha demostrado que hasta en el dulce mundo de los monstruos de bolsillo, la historia siempre acaba pasando factura y generando un debate inesperado sobre ética corporativa y memoria.




