
Agárrense, amantes de las historias con patas y mucho misterio. En la tranquila ciudad de Hamilton, Nueva Zelanda, ha vuelto a su legítimo hogar una felina que no es una gata cualquiera: es Mittens, la «ladrona de guante blanco» que durante años fue el azote de los buzones y tendederos del vecindario. Y, ojo al dato, que su regreso ha sido digno de una serie de Netflix: ¡gracias a un test de ADN!
Resulta que Mittens, con sus diez primaveras a cuestas, es una cleptómana confesa desde que era un gatito. Su currículum delictivo incluye más de mil objetos: calcetines de todos los colores, ropa interior (¡qué descaro!), guantes huérfanos, juguetes de niños, pinceles de arte e incluso bolsas de plástico. La pobre Kaylah Bell, su dueña original, llevaba tres años sin saber nada de su querida Mittens, dándola por perdida.
Pero el destino, y un par de vecinos muy perspicaces, tenían otros planes. La historia comenzó a hilarse cuando un tal Barnaby, otro gato del barrio, fue señalado como el principal sospechoso de los robos. Su dueño, de buena fe, hasta montó un tablón para devolver los objetos que supuestamente Barnaby traía a casa. ¡Qué vergüenza! Pero la verdad, como los pelos de gato en el sofá, siempre acaba saliendo a la luz. Se decidió hacerle una prueba de ADN a Barnaby para confirmar su culpabilidad o inocencia. Y resulta que Barnaby era tan inocente como un gatito recién nacido.
Fue entonces cuando la historia dio un giro: el ADN no era de Barnaby, ¡sino de Mittens! Se descubrió que la verdadera ladrona había estado viviendo en otra casa del barrio todo este tiempo, adoptada por una familia que no sabía que era una maestra del crimen y, además, una gata desaparecida. Gracias a la prueba genética, que se hizo con un simple frotis bucal, Kaylah Bell fue contactada. La dueña, al ver la foto de la gata, la reconoció al instante, a pesar de los años y de las mil trastadas perpetradas.
El reencuentro fue de película. Kaylah describe a Mittens como una gata «muy dulce y cariñosa», que no duda en acurrucarse, pero que tiene un lado oscuro: esa irrefrenable pasión por el botín ajeno. Ahora, con Mittens de vuelta en casa, Kaylah espera que su etapa delictiva haya terminado o, al menos, que se especialice en objetos menos… íntimos. Quién sabe, igual ahora le da por la jardinería y solo trae hojas. Lo que está claro es que esta gata nos ha demostrado que la verdad (y el ADN) siempre encuentra su camino, incluso cuando hay mil calcetines de por medio.
