
Imagina que abres un cajón de un museo, soplas el polvo de un cráneo que llevaba más de 30 años guardado y descubres que perteneció a un animal que la ciencia ni siquiera conocía. Pues es justo lo que acaba de pasar en Cataluña.
Un equipo de paleontólogos ha descrito una especie nueva de anficiónido —lo que se conoce popularmente como un «perro-oso»— a partir de fósiles del yacimiento de Els Casots, en Subirats (Alt Penedès, Barcelona). El bicho merodeaba por allí hace 15,9 millones de años, en pleno Mioceno medio.
Ni perro ni oso: algo bastante más raro
Que no te despiste el apodo. Los anficiónidos no eran ni perros ni osos, sino una familia extinta de carnívoros que dominó Eurasia y Norteamérica durante millones de años, mucho antes de que los lobos y los grandes felinos llegaran a repartirse el menú.
La nueva especie se llama Paludocyon moyasolai, que viene a significar «perro de los humedales». Y le pega: el Penedès de entonces no iba de vino, sino que era un lago de agua dulce, cálido y poco profundo, rodeado de cocodrilos y anfibios. Un cazador de tamaño medio, ágil y veloz, bastante menos corpulento que sus primos.
Un cráneo casi completo, con casi todos los dientes en su sitio, escondido durante tres décadas en una colección.
Y aquí está lo bueno: el fósil no se ha desenterrado ahora. Llevaba décadas guardado desde las primeras excavaciones de los años noventa, y ha hecho falta volver a mirarlo con ojos nuevos para caer en que no encajaba en ninguna especie conocida. A veces los grandes hallazgos no están bajo tierra, sino en un cajón olvidado.
Por qué importa este perro-oso
El estudio, publicado en la revista Journal of Mammalian Evolution, coloca a Paludocyon moyasolai en la base de su grupo y aporta pistas sobre cómo estos depredadores prehistóricos se movieron entre Europa y Norteamérica, una conexión que todavía trae de cabeza a los expertos. El nombre, además, es un homenaje al paleontólogo Salvador Moyà-Solà, impulsor de aquellas excavaciones.
No es la primera vez que la ciencia resucita el pasado a partir de un detalle mínimo: ya vimos cómo bastó silenciar un gen para que a unos pollos les brotaran plumas de dinosaurio. Esta vez ha bastado con un cráneo, una buena lupa y mucha paciencia.
Vía MuyInteresante.
