Andersen se quedó cinco semanas en casa de Charles Dickens

Lo invitaron para una quincena y se plantó cinco semanas. Cuando por fin se marchó, Dickens dejó una nota en el espejo del cuarto de invitados…

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Lo invitaron para una quincena y se plantó cinco semanas. Cuando por fin se marchó, Dickens dejó una nota en el espejo del cuarto de invitados…

Imagina que tu ídolo literario te invita a su casa de campo para quince días y tú te instalas cinco semanas. Eso es exactamente lo que hizo Hans Christian Andersen, el autor danés de La sirenita, en el verano de 1857.

Andersen llegó el 11 de junio de 1857 a Gad’s Hill Place, la casa de campo de Charles Dickens en Higham (Kent, Inglaterra), y no se marchó hasta mediados de julio. La invitación era para una quincena como mucho. Cuando el danés por fin se fue, Dickens dejó una nota en el espejo del cuarto de invitados.

¿Por qué acabó la familia Dickens harta de Andersen?

Los dos se habían conocido en Londres en el verano de 1847, en una fiesta de la condesa de Blessington, y llevaban casi diez años carteándose. Pero una cosa es un amigo por correspondencia y otra tenerlo en el salón: Andersen apenas se defendía en inglés.

Retrato sepia de Hans Christian Andersen sentado de perfil, con abrigo oscuro de cuello de terciopelo y pajarita
Hans Christian Andersen en 1869. Foto de Thora Hallager / Wikimedia Commons, dominio público.

La convivencia se torció desde la primera mañana. Henry Dickens, hijo del escritor, lo dejó escrito en sus memorias: Andersen mandó llamar al hijo mayor de Dickens para que lo afeitara, ante la indignación de los chicos. A partir de ahí lo llevaban cada mañana en coche hasta la barbería de Rochester.

Después llegó lo del césped. La familia contaba que, al recibir una crítica negativa de uno de sus libros, Andersen se tiró boca abajo sobre la hierba del jardín y se puso a llorar desconsoladamente. Kate Dickens, hija del escritor, lo resumió décadas más tarde: «Era un plasta huesudo, y se quedaba y se quedaba».

¿Qué decía la nota que Dickens dejó en el espejo?

Cuando el invitado se marchó, Dickens escribió una tarjeta y la colocó en el espejo de la habitación donde Andersen había dormido cinco semanas:

Hans Andersen durmió en esta habitación cinco semanas, que a la familia le parecieron SIGLOS.

Charles Dickens de pie junto a una mesa, en traje victoriano oscuro, sosteniendo un librito y una varilla fina
Dickens en abril de 1858, menos de un año después de la visita. Foto de Herbert Watkins / Wikimedia Commons, dominio público.

Y tampoco se quedó ahí. El 27 de julio de 1857, en una carta a Lord John Russell, Dickens redondeaba al alza y contaba que su huésped había estado en casa «unas seis semanas». En la misma carta añadía que la traductora de Andersen estaba dispuesta a jurar que el hombre no sabía ni hablar danés.

¿Cómo terminó la amistad entre Dickens y Andersen?

De vuelta en Dinamarca, Andersen siguió mandando cartas: se lo había pasado bien. Dickens fue enfriando las respuestas hasta dejar de contestar del todo, y el danés nunca llegó a entender por qué su escritor favorito había desaparecido de su vida.

No es la única rareza que dejó tras de sí el autor de Cuento de Navidad: en un cementerio inglés sigue en pie la tumba de Ebenezer Scrooge. Era la Inglaterra que convirtió la cinta de correr en un castigo carcelario. Y Andersen no fue el único escritor raro con la casa ajena: Daphne du Maurier se coló durante años en una mansión abandonada de Cornualles.

Andersen nunca lo pilló. Dickens, en cambio, dejó por escrito y a la altura de los ojos lo que muchos anfitriones solo se atreven a pensar.

Vía Charles Dickens Museum, Charles Dickens Letters Project, The Recollections of Sir Henry Dickens, The New York Review of Books, Patrick C. Fleming, Literary Hub y Mental Floss.

Foto de portada: «On the Lawn at Gad’s Hill», Internet Archive Book Images / Wikimedia Commons, sin restricciones conocidas de derechos.