
Había en la Grecia antigua un oráculo al que la gente iba por su propio pie y del que salía con la cara descompuesta, sin ganas de sonreír. La experiencia era tan reconocible que acabó convertida en refrán.
El oráculo de Trofonio, en Lebadea (hoy Livadiá, en Beocia), obligaba al consultante a meterse por un agujero hasta una cámara subterránea, y muchos subían tan alterados que «haber consultado en la cueva de Trofonio» pasó a significar en griego estar sombrío y sin risa. Lo describió paso a paso el geógrafo Pausanias, que lo visitó en el siglo II y afirma haberlo consultado en persona.
¿Qué había que hacer para bajar a la cueva de Trofonio?
El aspirante pasaba unos días en un edificio consagrado al Buen Espíritu y a la Buena Fortuna, se lavaba en el río Herkyna y sacrificaba a media lista del panteón: al propio Trofonio y a sus hijos, a Apolo, a Crono, a Zeus Rey, a Hera Auriga y a Deméter Europa. La noche del descenso caía además un carnero en honor de Agamedes, hermano suyo en la versión más extendida.
Luego, dos tragos: el agua del Leteo, para olvidar lo que traía en la cabeza, y la de Mnemósine, para recordar lo que iba a ver. Con túnica de lino ceñida con cintas y las botas del país, bajaba por una escalerilla estrecha a una cámara con forma de horno de pan: cuatro codos de ancho y no más de ocho de profundidad.

¿Cómo era exactamente el descenso?
En el suelo de la cámara se abría una hendidura de dos palmos de ancho y uno de alto. Había que tumbarse boca arriba con dos tortas de cebada amasadas con miel en las manos, meter los pies por el hueco y forzar las rodillas hasta pasar. Entonces algo tiraba del cuerpo hacia dentro: Pausanias lo compara con un río rápido que atrapa a un hombre en su remolino.
La salida no era más digna. El consultante reaparecía por la misma boca con los pies por delante, y los sacerdotes lo sentaban en el trono de la Memoria para preguntarle qué había visto y oído. Además, quedaba obligado a dedicar una tablilla con todo aquello. Al lado, la prueba medieval del cadáver sangrante parece un trámite.
¿De verdad salían de allí sin poder reír?
Pausanias escribe que al que subía había que levantarlo «paralizado de terror e inconsciente tanto de sí mismo como de lo que lo rodeaba» y devolverlo a sus parientes. La recuperación llegaba después:
Después, sin embargo, recuperará todas sus facultades, y la capacidad de reír volverá a él.
El caso más citado lo recoge Ateneo en los Deipnosofistas: Parmenisco de Metaponto subió incapaz de reírse. Consultó en Delfos y la Pitia le contestó que su madre le devolvería la risa en casa. Volvió y no pasó nada. Tiempo después, en Delos, entró en el templo de Leto esperando una gran estatua de la madre de Apolo y se topó con un burdo leño sin forma. Se echó a reír allí mismo.
La broma era tan popular que Aristófanes la usa en Las nubes: antes de entrar en la escuela de Sócrates, Estrepsíades pide una torta de miel porque aquel agujero, dice, le recuerda a la cueva de Trofonio. Un teatro entero pillaba el chiste. Hoy, como tantas herencias del mundo antiguo, hay que contarla desde el principio.
Vía La Brújula Verde, Pausanias, «Descripción de Grecia» IX.39 (traducción de Jones y Ormerod), Ateneo, «Deipnosofistas» XIV, Aristófanes, «Las nubes» y Trophonius.
