Junto al zoo sigue en pie, sobre un poste, la última cabeza gigante del Doggie Diner. Tiene placa, dinero público detrás y tres hermanas viajeras…
En el borde oeste de San Francisco, a la altura del zoo, sobre la mediana, te espera una cabeza de perro salchicha de fibra de vidrio con gorro de cocinero y pajarita de lunares.
Esa cabeza es el monumento histórico número 254 de San Francisco: el último cartel de Doggie Diner que sigue en pie sobre su poste, lo que queda de una cadena de perritos calientes de la bahía que cerró en 1986. El ayuntamiento es su dueño y la mantiene.

¿Por qué una cadena de perritos calientes llenó la bahía de cabezas de perro?
La montó Al Ross a finales de los cuarenta y en los sesenta sus autoservicios estaban por todas partes: solo en el barrio de Richmond hubo tres. Sobre cada local presidía la misma cabeza de teckel rojo, tridimensional y en su día giratoria, con una sonrisa de medio lado.
El diseño lleva fecha de 1966 y firma del grafista Harold Bachman, según la placa municipal. En 2005, sorprendido por el revuelo, Bachman le quitó hierro al asunto: él solo pensaba que aquel chisme ayudaría a vender hamburguesas.

¿Cómo acaba una cabeza de perro convertida en patrimonio protegido?
Con la cadena liquidada, los carteles fueron desapareciendo hasta quedar uno solo en la calle. Cuando el negocio que lo tenía en su parcela propuso retirarlo, el barrio se organizó —con la Ocean Beach Historical Society al frente— y en 2000 la ciudad se quedó con la cabeza. Como recuerda la placa, la campaña llegó a contarse en la tira cómica Zippy the Pinhead.
El 1 de abril de 2001 un vendaval remató la faena: el poste, oxidado, cedió y la cabeza se estampó contra el suelo, destrozándose el morro y aplastando una cabina de teléfono. El departamento de obras públicas la restauró con la ciudad pagando la mitad y donaciones cubriendo el resto; el sindicato de pintores Local 4 regaló la mano de obra.
El 30 de junio volvió a su poste tapada con una sábana y, entre discursos, varios cientos de personas se pusieron a corear «Long live the dog!», según la crónica del Western Neighborhoods Project. En 2005 la mudaron a la mediana donde sigue y en 2006 pasó a ser monumento oficial. Estados Unidos blinda cosas más improbables: en Indiana hay una caseta antibalas que nunca usó nadie.
¿Quién se llevó tres de estas cabezas hasta Nueva York?
John Law, miembro histórico de la Cacophony Society y cofundador del festival Burning Man, tiene otras tres —Manny, Moe y Jack— sobre un remolque con el que asoma en desfiles como el St. Stupid’s Day. En 2003 las cruzó de costa a costa, remolcadas por el autobús del Cyclecide Bike Rodeo, hasta acabar en un espectáculo en el CBGB neoyorquino.
El viaje quedó en Head Trip, documental que Law codirigió con Flecher Fleudujon y estrenó en 2008. La película entera lleva colgada en su canal de YouTube desde julio de 2025, gratis, y Laughing Squid acaba de anunciar su estreno en internet.
Que un reclamo de perritos calientes acabe con placa, grúa municipal y documental propio dice bastante de San Francisco. Tampoco es el monumento menos solemne que hemos visto: en Colorado hay una estatua de un guionista en la bañera y en Gales, un aeropuerto internacional que solo es un cartel.
Vía Laughing Squid, Western Neighborhoods Project y su crónica de la dedicación de 2001, NoeHill, doggiediner.com y johnwlaw.com.




