Imagina un pueblo perdido en el desierto del noroeste de China donde algunos vecinos tienen los ojos claros, la nariz aguileña y el pelo castaño rizado. Durante décadas, una teoría de lo más peliculera explicaba ese aire tan poco «local»: serían descendientes de una legión romana que se esfumó hace más de 2.000 años.
La aldea se llama Zhelaizhai, está en la provincia china de Gansu y durante años fue el epicentro de un enigma histórico de lo más goloso: ¿acabaron unos legionarios de Roma fundando un pueblo en plena Ruta de la Seda? La respuesta, adelantándonos al final, es que el ADN dijo que no.
¿De dónde sale la leyenda de la legión perdida?
Todo arranca en el año 53 a.C., en la batalla de Carras, uno de los mayores desastres militares de Roma. El general Marco Licinio Craso murió allí y los partos se llevaron unos 10.000 prisioneros. ¿Qué fue de aquellos legionarios? Nadie lo sabe con certeza, y ese hueco es terreno abonado para las leyendas.
A mediados del siglo XX, el sinólogo estadounidense Homer Dubs propuso una idea audaz, que recogió en su obra A Roman City in Ancient China: algunos de aquellos prisioneros habrían vagado hacia el este hasta emplearse como mercenarios de la China han y fundar un asentamiento llamado Liqian —viejo nombre chino para el mundo romano—, que Dubs llegó a emparentar con la propia palabra «legión», aunque esa etimología está muy discutida. La coincidencia con los rasgos europeos de la zona hizo el resto.
¿Qué dijo el ADN de los vecinos de Zhelaizhai?
Aquí llega el jarro de agua fría. Investigadores de la Universidad de Lanzhou analizaron el ADN de los habitantes y el resultado, a la luz del linaje paterno, fue de lo más terrenal: su ascendencia es abrumadoramente de Asia Oriental, un subgrupo más de la mayoría han del país. Ni rastro significativo de sangre romana: un veredicto que quedó, nunca mejor dicho, escrito en el ADN.
¿Y los ojos claros y las narices marcadas? La explicación es menos épica pero igual de fascinante: siglos de mestizaje y migraciones por esa autopista de pueblos, genes y mercancías que fue la Ruta de la Seda. No hacía falta ninguna legión perdida; bastaba con el goteo constante de caravanas.
¿Por qué la leyenda sigue viva pese a la ciencia?
Porque una buena historia se resiste a morir. Zhelaizhai le ha sacado partido: estatuas de estilo romano, reclamo turístico y vecinos orgullosos de su supuesto pasado imperial. La genética habrá cerrado el caso, pero el mito sigue llenando de curiosos este rincón perdido de China.
Y quizá ahí esté lo mejor: da igual que no corriera sangre de Craso por sus venas. Que un punto olvidado del desierto se reinvente como la «Roma perdida» es, se mire como se mire, de las rarezas que esconde China. Vía Amusing Planet y South China Morning Post.

