
Agárrense, que vienen curvas (y muchas, muchas toneladas de basura). En un giro digno del mejor guion de comedia negra, un casero en East Sussex, Reino Unido, se ha topado con una auténtica epopeya de limpieza tras desalojar a su inquilino. Olvídense de cuatro cachivaches: el bueno de Mr. White ha pasado los últimos 18 meses, sí, han leído bien, ¡18 meses!, luchando contra un Everest de desechos que el anterior habitante dejó a modo de «herencia».
Imaginen la escena: Mr. White entra en la propiedad después de que el inquilino, que vivió allí una década, se haya marchado. Lo que encuentra no es un hogar, sino un vertedero personal. Se estima que entre 20 y 25 toneladas de pura… ¿tesoros? A saber. La cantidad es tan descomunal que, para que se hagan una idea, ha necesitado contratar 16 contenedores gigantes. ¿El precio de esta odisea de la pala y el guante? Nada menos que 15.000 libras. Y uno quejándose de la fianza del alquiler.
Pero lo más hilarante, o quizá lo más perturbador, son los «hallazgos» arqueológicos. Mr. White se ha convertido en una especie de Indiana Jones de lo bizarro. Entre la montaña de cacharros, ha desenterrado de todo: desde dentaduras postizas (esperemos que sin dueño a la vista), hasta juguetes sexuales que dan para varias novelas, pasando por un cuchillo de 45 centímetros (ideal para cortar un trozo de pan, sí, claro) y, atención, una ¡cuna para adultos! ¿Alguien quiere explicar esto último? No faltan tampoco artículos de ropa de diseño, un patinete de movilidad y una colección de objetos que desafían toda lógica y clasificación.
El inquilino en cuestión, descrito como «extremadamente excéntrico» y, sin duda, un «acumulador» de manual, convirtió la casa en su particular museo de lo inservible. Los vecinos, pobres almas, no se atrevían a ni a mirar de reojo. Normal, con el tufo a «misterio sin resolver» y las legiones de moscas que acampaban por los alrededores.
Ahora, Mr. White, con los músculos trabajados y la paciencia a prueba de bombas, se enfrenta a la siguiente fase: decidir qué hacer con una propiedad que, literalmente, ha sido purificada a golpe de sudor y billetes. Se espera que la casa necesite una reforma integral, porque después de albergar tal ecosistema de objetos olvidados, no es para menos. Quién sabe, quizás el próximo inquilino sea un minimalista. ¡Tocamos madera!
