
El terror del diseño de interiores (y de la higiene básica)
Todos hemos tenido esa primera cita que va genial. La química es indudable, las risas fluyen y, finalmente, llega el momento de ir a su casa. Pero al cruzar la puerta, la fantasía se desmorona. De repente, te das cuenta de que su nidito de amor es, en realidad, un museo de los horrores. Las famosas red flags hacen su aparición estelar, y tu instinto de supervivencia se activa.
El usuario de Threads @marcoof500 hizo una pregunta muy necesaria: ¿Cuál es esa señal de alerta en el apartamento de un chico que te dice inmediatamente que es hora de irse? Y ojo, avisó que un colchón en el suelo ya no cuenta por ser un clásico demasiado obvio. Queríamos lo más profundo y perturbador, y vaya si internet respondió.
Las 35 banderas rojas definitivas que gritan peligro
- Ausencia total de jabón de manos en el baño. Porque el agua lo cura todo, ¿verdad?
- Botellas de alcohol vacías exhibidas como si fueran trofeos de guerra de sus años universitarios.
- Un salón donde el único mobiliario disponible son sillas gaming.
- Ventanas cubiertas con cualquier cosa menos cortinas: sábanas, mantas o papel de aluminio. Un estilo de decoración que podríamos llamar búnker postapocalíptico.
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«Tuvimos tres citas. Fui a su casa en la cuarta. Había impreso una foto de una de mis redes sociales y la había puesto en un marco, rodeada de flores y velas. Mi alma gritó ‘¡sal de ahí!’ y me largué.»
Un altar un poco prematuro, sin duda alguna.
- Ni un solo libro a la vista. Absolutamente nada de material de lectura en toda la vivienda.
- Tener a su perro encerrado en una jaula durante todo el día. (Una señal de alerta que roza la crueldad animal).
- Toallas apestosas con un inconfundible aroma a humedad y desesperación acumulada.
- No tener lámparas de pie o de mesa y depender exclusivamente de la aterradora e implacable luz principal.
- Un único cojín en la cama, sin funda, y lleno de manchas misteriosas de origen desconocido.
- Múltiples botes de antibióticos a medio terminar adornando el lavabo.
- El suelo de la ducha tan repugnante que se podían ver perfectamente las huellas de sus pies en la mugre.
- Falta de papelera en el baño. Un clásico de la incomodidad que nunca pasa de moda.
- Una capa de polvo cubriéndolo todo y, para rematar la faena, sin papel higiénico disponible.
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«Historia real: un terrario para serpientes vacío. Perdona, ¿dónde está la serpiente en este preciso instante?»
Una pregunta excelente para formular mientras corres a toda velocidad hacia la puerta principal.
- Colgar banderas de ideologías extremas o polémicas decorando la pared del salón.
- Ese rincón junto al inodoro con un charco de orina acumulado. El pináculo del buen gusto.
- Una estantería compuesta única y exclusivamente por biografías de Steve Jobs, Elon Musk y Donald Trump. La santísima trinidad de la dudosa mentalidad de tiburón.
- Tener todos los cajones y puertas de los armarios abiertos de par en par porque, según él, «es más eficiente». Un incomprendido genio de la logística moderna.
- Alguien que comparte la custodia de sus hijos, pero cuya casa no tiene ni un solo rastro de que un niño haya pisado ese lugar jamás.
- Una única pastilla de jabón reseca que sirve como gel de baño, champú y limpiador de manos.
- Falta de platos, vasos o cubiertos reales. Pueden ser robados de un bar o estar completamente desparejados, pero al menos debe haber una cantidad mínima para sobrevivir dignamente.
- Paredes completamente desnudas: ni arte, ni pósters, ni un mínimo ápice de personalidad reflejado en el entorno.
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«Dejar que la alarma de incendios pite sin parar por falta de batería porque no se molesta en cambiarla. ¡’Oh, ya ni lo noto’, fue lo que me soltó en mi cara!»
- Múltiples alargadores encadenados uno tras otro para dar energía a un aparato que se usa a diario. Un cortocircuito a punto de ocurrir.
- Una cocina sin especias, condimentos ni ingredientes básicos para cocinar. Ni siquiera un triste salero sobre la encimera.
- Una televisión carísima y enorme en el salón, acompañada únicamente por una silla de oficina reclinable y un sofá destrozado de la década de los noventa.
- El temido anillo de suciedad incrustado en la taza del inodoro. Mejor no dar más detalles.
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«Las toallas de baño estaban CRUJIENTES. Cuando le pregunté horrorizada hace cuánto no las lavaba, me miró con ojos tiernos de ciervo y respondió: ‘¿Acaso las toallas se lavan?'»
- Un cepillo de dientes al que le faltan mechones enteros de cerdas, y las que quedan están misteriosamente enredadas y apelmazadas.
- Una nevera completamente vacía y lúgubre, excepto por un trozo envuelto a medias de algo que quizás en otra vida fue alimento.
- Jabón lavavajillas en el borde de la ducha junto a una esponja que parece haber sobrevivido a la Gran Depresión.
- Un interruptor de luz manchado. Esa asquerosa pátina de grasa y suciedad acumulada por años de roce constante.
- Una sola almohada. Porque, aparentemente, si te quedas a dormir tendrás que usar tu propio brazo como soporte.
- Y, por último, esa sensación generalizada en el ambiente que te dice que, si pasas un minuto más ahí dentro, acabarás asimilada por el peligroso ecosistema del apartamento.
Si en algún momento te cruzas con alguna de estas advertencias espeluznantes en el apartamento de tu cita, recuerda que tu integridad física y mental es lo primero. Hazle caso a tu instinto de supervivencia, recoge tu abrigo discretamente, finge una llamada de emergencia ineludible y huye hacia la libertad.
