El macabro y brillante secreto de Baviera donde los esqueletos visten de alta costura

El macabro y brillante secreto de Baviera donde los esqueletos visten de alta costura
Tras perder sus reliquias, las iglesias de Baviera importaron esqueletos anónimos desde las catacumbas de Roma. Monjas y monjes los decoraron meticulosamente con oro y joyas preciosas, creando los Santos de las catacumbas, un espectáculo tan fascinante como macabro que aún deslumbra.
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Un espectáculo que mezcla fe, oro y… muchos huesos

Si alguna vez haces turismo por Baviera, es muy probable que tu itinerario incluya castillos de cuento, cervezas del tamaño de tu cabeza y paisajes de montaña espectaculares. Sin embargo, hay un dark secret escondido en algunas de sus iglesias más antiguas que te dejará con la boca abierta. Hablamos de los famosos Santos de las Catacumbas, una colección de esqueletos enjoyados que parecen sacados de una pasarela gótica de alta costura.

El problema de la escasez de reliquias

Para entender este bling bling eclesiástico, hay que viajar atrás en el tiempo. Durante la Reforma Protestante, muchas iglesias católicas en el norte de Europa perdieron y vieron destruidas sus reliquias (ya sabes, los venerados huesos que atraían a los fieles en masa). La solución del Vaticano fue, cuanto menos, expeditiva: acudir a las antiguas catacumbas de Roma.

  • Cuerpos anónimos: Se extrajeron miles de esqueletos que se asumía pertenecían a los primeros mártires cristianos, pese a no tener forma de verificarlo.
  • Nuevas identidades: Al no tener nombre, a estos huesos se les bautizó con virtudes como San Máximo, San Valentín o San Clemente.

Alta costura para la otra vida

Pero el clero no iba a poner unos simples huesos polvorientos en el altar, por supuesto. Una vez enviados a Alemania, monjas y monjes con muchísima paciencia se dedicaron a vestir a estos macabros huéspedes de manera espectacular. Podían tardar hasta cinco años en cubrir cada costilla, cráneo y falange con finas mallas de hilos de oro, perlas y gemas preciosas. Les pusieron coronas incrustadas, armaduras y ropajes de terciopelo exquisito.

«Un trabajo de paciencia infinita y devoción donde cada hueso fue envuelto en lujo para volver a maravillar a los creyentes.»

Lugares como la imponente Basílica de Waldsassen en Baviera albergan en su interior a varios de estos cuerpos santos, sentados o recostados dentro de sus urnas de cristal. Hoy en día, resulta imposible no quedarse completamente hipnotizado mirándolos. Son macabros y algo espeluznantes, sí, pero al mismo tiempo constituyen una obra de arte deslumbrante que demuestra que, hace unos siglos, la iglesia sabía perfectamente cómo montar un espectáculo visual imbatible.