El cine que no le pondrías a tu abuela en la sobremesa
Todos amamos ir al cine, comprarnos un buen cubo de palomitas y desconectar del mundo. Pero a veces, los directores deciden que nuestra salud mental está sobrevalorada y nos regalan secuencias que nos dejan mirando a la pared del salón de forma ininterrumpida durante horas. Si eres de los que disfrutan del lado más creepy e incómodo del séptimo arte, prepárate para este viaje.
Las secuencias que nos dejaron sin dormir
Basándonos en la recopilación más oscura que ha circulado por internet sobre los momentos cinematográficos más retorcidos, aquí tienes una pequeña selección de cosas que no deberías ver antes de irte a la cama:
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Hereditary y el poste telefónico: Si has visto esta joya del terror moderno dirigida por Ari Aster, sabes exactamente de qué hablamos. Un viaje en coche nocturno, una terrible reacción alérgica a las nueces y alguien sacando la cabeza por la ventanilla para intentar respirar.
«Nunca el ruido de un golpe seco fue tan aterrador y silencioso a la vez en la historia del cine.»
El resultado es tan sumamente grotesco y repentino que te quitará las ganas de volver a comer tarta de nuez o de bajar la ventanilla en un atasco.
- Tusk y la obsesión anatómica por las morsas: Un engreído podcaster viaja a Canadá para realizar una entrevista surrealista y acaba siendo drogado, mutilado y cosido dentro de un traje de morsa hecho literalmente con piel humana. Sí, has leído bien. La escena final, con nuestro protagonista convertido en un híbrido bizarro y alimentándose de pescado crudo, es la definición exacta y de diccionario de la palabra extravagante.
- Midsommar y el salto del acantilado: Otra vez Ari Aster demostrando que su imaginación necesita un par de sesiones de terapia extra. En esta ocasión, presenciamos cómo un grupo de ancianos de una secta sueca decide que su tiempo en la Tierra ha concluido y se lanzan desde lo alto de un acantilado frente a todos los invitados del pueblo. Todo a plena luz del sol, con preciosas coronas de flores y un ambiente de lo más aesthetic que contrasta con la brutalidad de la escena.
¿Por qué nos gusta sufrir frente a la pantalla?
Quizás sea el morbo puro y duro, o simplemente la necesidad humana de experimentar emociones extremas desde la seguridad del sofá, lejos de cualquier secta escandinava. Lo que está muy claro es que estas películas han logrado su objetivo principal: traumatizarnos de por vida, hacernos revisar dos veces el asiento trasero de nuestro vehículo y dejarnos una huella imborrable en el cerebro.




