El dramático final de los hipopótamos de la cocaína de Pablo Escobar

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El legado del infame narcotraficante Pablo Escobar sigue dando quebraderos de cabeza a Colombia, y no precisamente por cárteles o alijos ocultos, sino por algo mucho más pesado y hambriento: sus famosos hipopótamos de la cocaína. Tras años intentando buscarles un nuevo hogar o cortarles el grifo reproductivo sin éxito, el gobierno colombiano ha tomado una decisión tan drástica como inevitable.

De capricho narco a monstruo ecológico

Dos hipopótamos asomando la cabeza en el agua

Todo empezó en 1981, cuando a Escobar se le ocurrió la brillante idea de importar ilegalmente cuatro hipopótamos (Hippopotamus amphibius) para su finca privada en la región de Antioquia. Tras la caída del capo en 1993, los animales decidieron que la vida salvaje colombiana era un chollo, se escaparon de la hacienda y se dedicaron a hacer lo que mejor saben: comer y multiplicarse. Hoy en día, la población ronda los 169 individuos, y las estimaciones advierten de que, si nadie los frena, podrían superar los 500 ejemplares para el año 2030.

¿Por qué son tan peligrosos?

Más allá de la anécdota y la curiosidad turística, estos mastodontes se han convertido en una especie invasora de manual. Aquí van algunas de las lindezas que están provocando en el ecosistema local:

  • Contaminación extrema: Sus inmensas cantidades de excrementos alteran los sistemas fluviales, sobrecargando el agua de nutrientes, agotando su oxígeno y matando a peces y plantas autóctonas.
  • Peligro al volante: Se han registrado múltiples accidentes de tráfico causados por hipopótamos que deciden dar un paseo por las carreteras.
  • Ataques sorpresa: Lejos de ser osos amorosos, ha habido reportes recientes de ataques a personas y a pequeñas embarcaciones locales.

Operación fracaso: ni esterilización ni mudanza

Durante los últimos dos años, el gobierno intentó solucionar el problema por la vía diplomática y pacífica. Se abrieron negociaciones con siete países y dos asociaciones internacionales de zoológicos para reubicar a los animales. ¿El resultado? Ningún país aceptó acoger ni a un solo hipopótamo. Parece que nadie en el mundo quiere hacerse cargo de la pesada herencia de Escobar.

La otra gran esperanza era la esterilización, pero castrar a un animal salvaje de más de mil kilos en medio de la selva no es tarea sencilla. Como bien explica el investigador Jorge Moreno Bernal:

«Es un procedimiento engorroso, costoso y peligroso que avanza a un ritmo muy lento. No es como esterilizar a un perro o un gato.»

Y es que se necesitan grúas gigantes y jugarse literalmente el tipo. Se calcula que solo intentar frenar el crecimiento poblacional costaría entre 1 y 2 millones de dólares, y aun lográndolo, los hipopótamos seguirían campando a sus anchas por Colombia entre 50 y 100 años más.

El triste pero ineludible final

Ante este callejón sin salida, el Ministerio de Medio Ambiente de Colombia ha anunciado un plan que destinará unos 2 millones de dólares para la eutanasia química y física de unos 80 ejemplares. El proceso se hará mediante un plan de monitoreo que identificará qué animales deben ser sacrificados basándose en su tamaño y su proximidad a poblaciones humanas.

Durante años, el miedo a la reacción pública y a las campañas de los animalistas paralizó a los políticos. Nadie quería pasar a la historia como el responsable de eliminar a los hipopótamos. Sin embargo, la creciente concienciación científica sobre el desastre medioambiental ha terminado inclinando la balanza, obligando a priorizar la supervivencia del ecosistema autóctono frente a los invasores más famosos del mundo del narcotráfico.