El director de un museo de arte quiso comprar su propia vivienda con la caja

El director de un museo de arte quiso comprar su propia vivienda con la caja
Timothy Rub, director del Museo de Arte de Filadelfia, fue cesado tras intentar usar fondos del museo para adquirir su vivienda. Se le pagó un plus de vivienda de casi un millón de dólares al ser contratado. El plan de usar fondos para una nueva casa se consideró un conflicto de interés, llevándole a devolver dinero y dimitir con "efecto inmediato".
0
0

¡Agárrense, amantes del arte y las finanzas turbias! Parece que en el mismísimo Museo de Arte de Filadelfia, la línea entre la pasión por la cultura y el deseo de un techito propio se difuminó un poquito más de la cuenta. Nuestro protagonista, Timothy Rub, que hasta hace nada ostentaba el prestigioso cargo de director ejecutivo y director de la institución, se ha visto en la calle (metafóricamente, claro, con su generoso sueldo no se iba a quedar bajo un puente) tras un intento, digamos, ‘creativo’ de gestionar sus finanzas personales.

Todo empezó con un jugoso bonus de bienvenida. Cuando Rub fue fichado en 2009, el museo le concedió una ‘ayuda para vivienda’ de la friolera de 950.000 dólares. ¡Casi un millón de dólares para instalarse! Parte de ese dinero se convertía en suyo anualmente, como si fuera una amortización de un préstamo. Pero claro, tener una casa es una cosa, y querer una casa nueva es otra. La historia se complica cuando, según el presidente de la junta del museo, Gerry Lenfest, Rub intentó utilizar fondos de la institución para… ¡comprar su propia vivienda!

Sí, han leído bien. No para una nueva ala del museo, ni para una adquisición de una pieza de arte invaluable, sino para su dulce hogar. Obviamente, esta jugada no sentó demasiado bien. Los miembros de la junta, que no tienen un pelo de tontos, rápidamente identificaron un ‘conflicto de interés’ clarísimo. ¡Imagínense la escena en la sala de reuniones!

La cosa acabó como el rosario de la aurora para Rub. Tuvo que devolver la parte no amortizada de esa generosa ayuda de vivienda (unos 350.000 dólares, que no está nada mal) y, además, reembolsar al museo los gastos legales que la institución había adelantado para la compra de la dichosa vivienda. El final de la ópera fue su dimisión, o mejor dicho, su cese, aceptado por la junta ‘con efecto inmediato’.

Lenfest, con una templanza admirable, insistió en que el museo ‘sale adelante’. Y es que al final, la lección está clara: el arte es para admirarlo, el dinero del museo para gestionarlo, y las casas de uno, pues para comprarlas con el propio sueldo. Una historia con moraleja y un toque de comedia, que nos recuerda que hasta en las instituciones más solemnes, a veces hay quien intenta hacer malabares con las cuentas de una forma un tanto… peculiar.