
Agárrense, porque la historia que os traemos hoy es de esas que demuestran que el amor de madre no tiene límites, ni tampoco el sentido del ridículo, a veces. ¿Os imagináis organizar un concurso de belleza, donde el glamour y la purpurina son los protagonistas, y que el premio a la «más simpática» se convierta en una cruzada personal? Pues eso es exactamente lo que le pasó a Mary Wallace, la mente brillante detrás del certamen «Face of Scotland» en la tierra de los kilts y las gaitas.
Durante años, el galardón de «Miss Simpatía» (o «Miss Congeniality», que suena más chic) se decidía de la forma más democrática: las propias concursantes votaban entre ellas para elegir a la chica más enrollada, la que mejor rollo transmitía entre bambalinas. Una idea preciosa, ¿verdad? Un reconocimiento a la buena vibra, al compañerismo… hasta que entró en juego el factor más impredecible: la familia.
Y es que Saffron, la hija de Mary, también competía por la corona. Y, ay, amigos, aquí viene lo bueno. Durante tres años seguidos, Saffron se presentó al concurso. Y durante tres años consecutivos, en la categoría de «Miss Simpatía», su casillero de votos se mantuvo más vacío que un lunes por la mañana. Ni uno. Cero. Nada de nada.
Imaginaos la escena: Mary, la organizadora, viendo cómo su pequeña (o no tan pequeña, que esto no es un jardín de infancia) no recibía el cariño de sus compañeras. «Saffron es una chica increíble, muy alegre y amigable, así que era un poco embarazoso que no la eligieran durante tres años seguidos», confesó Mary con el corazón en un puño. ¿Embarazoso? ¿O quizás un toque de realidad agridulce?
Pero Mary no es de las que se rinden. Ni de las que dejan que su hija se quede sin premio por falta de votos populares. Así que, ni corta ni perezosa, decidió que ya estaba bien de democracias y de «concursos de popularidad» (sí, en un certamen de belleza, lo irónico es que se queje de la popularidad). Cambió las reglas del juego. A partir de ahora, el premio, rebautizado como «Spirit of Face of Scotland», sería elegido por los jueces. ¡Problema resuelto! Ni una concursante más podría dejar a Saffron (o a cualquier otra) sin su merecido reconocimiento a la «simpatía».
Porque, según Mary, «simplemente no creo que sea justo tener un concurso de popularidad en un certamen de belleza». Y aquí es donde uno no sabe si reír o llorar. Una madre coraje que, con su amor incondicional, decide reescribir la constitución de la belleza para que su retoño no sufra un desplante. ¡Un aplauso por Mary! O quizás un suspiro… Depende de si fuiste tú la que no votó a Saffron.
