
A todos nos encanta acurrucarnos en el sofá para hacer un maratón de la última serie de época. Los vestidos pomposos, los bailes llenos de miradas furtivas, los vizcondes atormentados… Todo es muy romántico hasta que rascas un poco la superficie y te das cuenta de que Hollywood nos lleva mintiendo toda la vida.
Si viajáramos en el tiempo a la época de la Regencia o al Londres victoriano, probablemente saldríamos huyendo tapándonos la nariz. Aquí tienes un repaso con mucho humor a las cosas más surrealistas y poco realistas que ocurren en absolutamente todos los dramas de época.
1. Sonrisas profident antes del cepillo eléctrico
Es asombroso cómo los duques y las doncellas de estas ficciones lucen unas dentaduras blancas, rectas y resplandecientes. En la vida real, la odontología se basaba en tenazas, dolor y sangrías, y el elevado consumo de azúcar pudría literalmente los dientes de la aristocracia. Esa sonrisa perfecta de alfombra roja que nos enamora en pantalla sería, en su época, un auténtico milagro médico digno de estudio.
2. La magia de la depilación permanente
Las protagonistas siempre levantan los brazos con elegancia y muestran unas axilas más suaves que la seda, o dejan entrever un tobillo impecablemente depilado cuando suben a un carruaje. Spoiler histórico: las maquinillas femeninas y la cera no eran precisamente un must en el neceser de las damas. ¡El vello corporal campaba a sus anchas y era lo más normal del mundo!
3. El corsé sobre la piel desnuda (¡Ay, qué dolor!)
Pocas cosas enfadan más a los historiadores de moda que esta escena cliché: una doncella tirando con furia de los cordones de un corsé puesto directamente sobre la piel de la protagonista, que jadea como si le faltara el aire. La realidad es muy distinta:
- Nunca iba sobre la piel: Siempre llevaban una camisa interior ligera de lino o algodón (llamada chemise) para absorber el sudor y evitar que las varillas destrozaran la piel.
- No eran un método de tortura: Las mujeres vivían, cabalgaban e incluso hacían deporte con ellos; su función era dar soporte al busto y la espalda, no provocar asfixia mortal.
4. Calles sospechosamente impolutas
Nos fascinan esos paseos románticos por las calles adoquinadas de Londres, con los bajos de los vestidos arrastrando majestuosamente. La realidad es que las calles eran un auténtico estercolero. Hablamos de barro espeso, restos de comida putrefacta, aguas menores tiradas alegremente por las ventanas y, sobre todo, toneladas de estiércol de caballo. Arrastrar tus faldas por ahí te garantizaba oler a cloaca el resto de la semana.
5. Iluminación de estadio con tres velitas tristes
Los grandes salones de baile brillan con una luz cálida, uniforme y perfecta que permite ver hasta el último detalle del bordado de los trajes. Pero si observas bien, solo hay unos cuantos candelabros repartidos por la sala. A menos que esas velas estuvieran rellenas de material radiactivo, es físicamente imposible que iluminaran salas de semejante tamaño. Las noches de antaño eran lúgubres y estaban llenas de sombras alargadas y rincones oscuros.
6. El maquillaje «cara lavada» que requiere horas
Supuestamente, las mujeres decentes de ciertas épocas no usaban cosméticos, o como mucho se pellizcaban las mejillas para darse un poco de rubor. Sin embargo, en pantalla nuestras heroínas lucen un contorno de rostro perfecto, máscara de pestañas sutil, iluminador estratégico y unos labios con un tono rosado permanente. El famoso «no-makeup makeup look» resulta que ha viajado en el tiempo.
«La próxima vez que veas a un apuesto vizconde sonreír con sus dientes perlados mientras camina por una calle sin barro, recuerda: es todo mentira, pero qué mentira tan deliciosamente entretenida».
