Si creías que tu estantería de baño estaba abarrotada, espera a conocer a Katerina Tsvetanova. Esta vecina de Bulgaria no tiene un pequeño vicio por el gel de ducha aromático; su pasión es tan seria que haría palidecer a cualquier droguería de barrio. Katerina ha pasado las últimas décadas de su vida amasando, ni más ni menos, que una colección de más de 20.000 barras de jabón. Sí, has leído bien: veinte mil pastillas.
La cosa no es un simple apilamiento desordenado de trozos olvidados. Estamos hablando de coleccionismo serio, del que requiere logística, dedicación y un olfato excelente. Los jabones de Katerina no son de una única marca o región; son un mapa olfativo y visual del mundo, con ejemplares que ha adquirido o le han regalado desde los rincones más lejanos del planeta.
Lo más impresionante no es solo la cantidad, sino la conservación. Katerina no puede permitirse que sus joyas se arruguen, se humedezcan o, peor aún, pierdan ese aroma tan particular que las hace únicas. Cada pieza es tratada con el máximo cuidado, como si fuera una reliquia arqueológica. La coleccionista tiene que mantener estos miles de jabones bien almacenados y ventilados para preservar tanto su aspecto prístino como su fragancia original. Imagínense el esfuerzo titánico que supone ir moviendo y revisando ese pequeño ejército de pastillas. Su casa, más que un hogar, es un museo perfumado donde el riesgo de resbalarse en una pastilla olvidada debe ser considerable.
Aunque el tamaño de la colección pueda parecer una extravagancia inútil, Katerina no solo los guarda. La coleccionista ha bromeado sobre haber usado su excedente en ocasiones para pagar pequeñas deudas o como regalos absolutamente únicos. Al final, no sabemos si Bulgaria es el país más limpio de Europa gracias a Katerina, pero lo que sí sabemos es que si alguna vez hay un apocalipsis de la mugre, ella tiene reservas suficientes para darnos un buen guantazo de higiene a todos.




