
Si pensabas que el ghosting y la cultura de la cancelación eran inventos de nuestra era, es porque no conoces bien a Enrique VIII. El monarca inglés no se andaba con medias tintas: cuando se cansó de su segunda esposa, Ana Bolena, no solo la mandó decapitar en 1536, sino que ordenó destruir cualquier retrato, boceto o cuadro que existiera de ella. Un borrado de memoria digno de película de ciencia ficción que nos dejó con una enorme duda histórica: ¿qué aspecto tenía realmente la reina más polémica de los Tudor?
La IA se pone la capa de detective histórico
Durante los últimos 500 años, los historiadores se han tenido que conformar con copias posteriores o bocetos de identidades dudosas para intentar ponerle cara a Ana. Sin embargo, la tecnología ha llegado para revolucionar el fandom de la realeza británica. Un avanzado algoritmo de reconocimiento facial, similar al que usas para desbloquear el móvil pero con un doctorado en historia del arte, ha decidido analizar estas famosas obras.
La investigación se ha centrado en comparar las estructuras faciales anatómicas de distintas pinturas, midiendo al milímetro detalles que el ojo humano suele pasar por alto:
- La separación exacta entre los ojos.
- La forma y curvatura de la nariz.
- El ángulo y la definición de la línea de la mandíbula.
El engaño del siglo XVI al descubierto
El hallazgo de la inteligencia artificial ha dejado a los expertos del arte con la boca abierta. Según la máquina, algunas de las imágenes más icónicas que siempre hemos creído que retrataban a Ana Bolena podrían no ser ella en absoluto. Uno de los casos más llamativos es un famoso dibujo a tinta negra sobre lienzo beige, propiedad del Royal Collection Trust y a menudo atribuido al célebre pintor Hans Holbein el Joven.
«La tecnología sugiere que muchas de las caras que hemos admirado en los museos durante siglos podrían pertenecer a damas de la corte completamente distintas.»
Este cruce entre el pasado y la tecnología moderna expone las pequeñas grandes mentiras del arte Tudor. Hay que recordar que los pintores de la época eran el equivalente renacentista a los filtros de belleza actuales: estilizaban, idealizaban y alteraban los rasgos para adular al cliente. La inteligencia artificial, que es fría y calculadora, no entiende de peloteos reales, solo de matemáticas y proporciones óseas.
Parece que, después de todo, Enrique VIII hizo un trabajo de censura tan meticuloso que hemos pasado medio milenio adorando los cuadros de la chica equivocada. Una prueba irrefutable de que, en la corte inglesa de los Tudor, no todo lo que brilla es oro ni todos los rostros tienen corona.
