En el mundo del deporte, uno espera toparse con rivalidades épicas, récords estratosféricos o, como mucho, algún drama arbitral. Lo que nadie esperaba en el Estadio Único de La Plata, Argentina, era ser víctima de un ‘desalojo exprés’ por motivos de ‘jogging VIP’.
El escenario es el siguiente: un grupo de atletas, sudando la gota gorda y entrenando duro, se encuentra de repente con la orden de marcharse por patas. Las instalaciones deben ser desalojadas inmediatamente. La razón, lejos de ser una amenaza de bomba o una emergencia de seguridad, era simplemente que alguien muy importante necesitaba la pista de atletismo para sí misma. Esa persona era María Elena Bergoglio, ni más ni menos que la hermana de Su Santidad, el Papa Francisco.
Al parecer, la señora Bergoglio es una entusiasta del ejercicio, y cuando le toca su ración diaria de kilómetros, lo hace a lo grande y, sobre todo, en soledad absoluta. La idea de compartir el espacio con plebeyos sudorosos o de tener que sortear a un lanzador de jabalina debió resultarle inaceptable. Así que, con dos paletas, se dictó la orden: ¡Fuera todos! El recinto, diseñado para albergar a miles de personas en eventos masivos, se vació para una única persona con ganas de quemar calorías.
La noticia, como es lógico, generó un revuelo considerable. No es un secreto que la familia Bergoglio siempre ha buscado mantener un perfil bajo en Argentina, pero este incidente puso el foco directamente en el tipo de privilegios que, involuntariamente o no, acompañan a un apellido tan ilustre. Mientras los atletas se quedaban con cara de póker preguntándose si acababan de presenciar un capítulo de ‘Black Mirror’ ambientado en el Vaticano, la hermana del Papa pudo disfrutar de una carrera totalmente despejada.
Podríamos decir que esta es la versión sudamericana del ‘No sabes quién soy yo’, pero elevado al nivel de las altas esferas eclesiásticas. Manda narices tener que parar tu entrenamiento porque alguien tiene ‘línea directa’ para reservar un estadio entero solo para estirar las piernas. Si esto no es la definición de un capricho divino (o al menos, papal), no sabemos qué lo es.




