
Hay días en que la realidad supera a cualquier guion de comedia. Imagina la escena: Orbelina Abrego, una madre en Long Island, revisa el correo y se encuentra con una carta oficial del Gobierno de Estados Unidos para su hijo, Kilmar Abrego-Garcia. Una carta seria, de esas con membrete que te ponen en alerta. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) le informaba de que debía presentarse en el tribunal de inmigración porque podría ser deportado. Un procedimiento estándar para alguien en situación irregular, salvo por un pequeño, minúsculo detalle: Kilmar llevaba dos años muerto.
Sí, has leído bien. El joven, que había llegado a Estados Unidos desde El Salvador con solo 15 años para huir de la violencia de las maras, había fallecido en un trágico accidente de coche en 2011. Pero para la maquinaria burocrática, Kilmar seguía siendo un expediente abierto, un número en una lista de tareas pendientes. Su madre, entre la estupefacción y la indignación, no daba crédito. ‘Es ilógico’, declaraba a los medios, ‘no puedo creer que le envíen una citación a un muerto’.
¿Y cómo se llega a este nivel de surrealismo administrativo? La historia es tan simple como absurda. Todo comenzó cuando Kilmar fue detenido en 2011 por conducir sin carnet. Esa infracción activó el protocolo de inmigración. El engranaje se puso en marcha y, a su ritmo paquidérmico e implacable, siguió su curso durante dos años, completamente ajeno a que el protagonista de su expediente ya no residía en este plano existencial.
La respuesta oficial del ICE no hizo más que añadir una capa de humor negro a la situación. Un portavoz de la agencia explicó, con toda la naturalidad del mundo, que el aviso se había generado a raíz de aquel arresto de 2011. La solución, según ellos, era sencilla: ‘una vez que se nos proporcione un certificado de defunción, el aviso será cancelado’. Básicamente, un ‘traiga usted el papeleo que demuestre que su hijo está muerto y dejaremos de intentar deportarle’.
Esta anécdota, que parece sacada de una película de los hermanos Coen, es un recordatorio de que la burocracia, en su afán por seguir las reglas al pie de la letra, a veces se olvida de lo más importante: la lógica y, sobre todo, la realidad. A Kilmar, por lo visto, ni la muerte pudo librarle del papeleo.
