
¿Quién no ha soñado alguna vez con un buen ‘lavado de cara’ para esa propiedad antigua que no hay manera de vender o reformar? Pues en Sídney, Australia, parece que algunos promotores inmobiliarios han encontrado una técnica… ¿curiosa? para lograrlo. Y no, no hablamos de feng shui, sino de algo mucho más ‘caliente’. Literalmente.
Resulta que la ciudad australiana ha sido testigo de una serie de incendios en propiedades que, ¡oh, sorpresa!, compartían varias características: eran viejas, estaban en desuso, a veces incluso catalogadas como patrimonio, o simplemente, eran un ‘estorbo’ para el desarrollo urbano. Lo más impactante es que, después de que las llamas hicieran su ‘trabajo’, estas parcelas, que antes estaban atadas de pies y manos por regulaciones de conservación, se veían repentinamente liberadas. Como por arte de magia, el terreno quedaba listo para una reurbanización mucho más lucrativa.
La Alcaldesa de Sídney, Clover Moore, no pudo evitar levantar la ceja ante semejante cadena de ‘coincidencias’. Y no es para menos. Pensemos en el bungalow histórico de North Bondi, convertido en modernas unidades residenciales tras un ‘oportuno’ incendio. O el antiguo hotel de Woolloomooloo, que de repente ardió para dar paso a apartamentos de lujo. Y qué decir del «ojito derecho» del patrimonio en Marrickville, una propiedad que, tras ser pasto de las llamas, ya apunta a un futuro residencial brillante. Incluso un almacén centenario en Redfern pasó de ruina a «impresionantes nuevas viviendas» post-incendio.
Claro, los informes oficiales suelen achacarlo a «fallos eléctricos» o, la archiconocida, «combustión espontánea». ¡Hasta parece que los edificios se autoinmolan de pura envidia al ver su potencial desaprovechado! Pero la realidad es que, mientras los servicios de bomberos y la policía investigan, las condenas por estos ‘accidentes’ son tan raras como encontrar un canguro con corbata. Los investigadores de incendios admiten que, a menudo, el fuego está tan avanzado cuando llegan que determinar la causa exacta se convierte en una misión imposible.
Los promotores, por supuesto, niegan cualquier implicación. ‘Nosotros solo compramos parcelas, lo que pase antes…’. Pero lo cierto es que una parcela con un edificio de valor patrimonial puede valer millones. Después de un incendio, y con las restricciones ‘calcinadas’, esa misma parcela puede triplicar o cuadruplicar su valor. No hace falta ser un genio de las finanzas para ver el beneficio.
En definitiva, Sídney nos deja una reflexión un tanto picante sobre el urbanismo: a veces, para construir el futuro, parece que antes hay que pasar por las cenizas del pasado. Un negocio, sin duda, con un toque muy, muy particular.
